Abril 2026 - Flipbook - Page 7
Revista cultural año 2026
El cuaderno del desván
El fin de semana iba a ser para mí impensablemente fructífero. En realidad, no me apetecía
despegarme de mi ordenador para escribir, pero mi hijo se había empeñado en que
pasásemos unos días en una casa rural con piscina en Iznájar. Allí podríamos tomar el sol
de estos últimos días de febrero y, por la noche, encender la chimenea para charlar hasta
la madrugada mientras degustábamos unas copitas de rosolí.
Mi curiosidad me llevó a subir al desván de la casa. Aunque tenía la puerta cerrada,
curiosamente se abrió con una de las llaves del manojo que nos entregó el agente
inmobiliario. El desván contenía algunos muebles viejos e incluso podría habilitarse como
dormitorio supletorio; me resultó un lugar agradable, ideal para aislarse y escribir.
En mi recorrido por la estancia, una tabla del suelo se levantó un poco al pisarla. Presioné
con la mano y, al levantarla, encontré un cuaderno con tapas de piel. Como si temiese que
alguien me viera, lo cogí, coloqué la tabla en su sitio y bajé. En el exterior, junto a la piscina,
mi mujer, mi hijo y su pareja tomaban el sol. Metí el cuaderno en la funda de mi Tablet y
salí.
—Vamos a acercarnos a la playa del pantano y ver el pueblo. De camino compramos algo
de comida. ¿Vienes? —dijo mi hijo.
Aunque me apetecía, tenía más ganas de leer el hallazgo. Sin embargo, si me quedaba, mi
mujer saltaría diciendo: «Con él no se puede contar para nada; siempre con el ordenador
o leyendo». Volvimos sobre las cinco de la tarde tras comer en una terraza de la plaza
«Corral de la Pacheca». No fue hasta la noche, cuando nos retiramos a dormir, que
encontré el momento. Aduje que no tenía sueño y que me quedaría junto a la chimenea.
Abrí la primera página y comencé a leer:
Crónica de una traición: Iznájar, abril de 1873
El eco de las palabras de Castelar en Madrid nos llegó como un soplo de aire fresco, pero
en Iznájar el aire pronto se volvió irrespirable. Yo, que siempre me supe federal y creí en
la justicia de la República, vi con asombro cómo quienes ayer nos despreciaban por
monárquicos hoy se ponían la escarapela de «radicales». Don Ángel Cuellas y Montes, el
alcalde, no cambió de corazón; solo cambió de chaqueta para no soltar la vara de mando.
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