Abril 2026 - Flipbook - Page 8
Revista cultural año 2026
Aquel 24 de abril amaneció con una claridad insultante. El silencio en el pueblo era
antinatural; no se oía el trajín de las mulas, solo el eco de las botas de los voluntarios de
Cuellas patrullando. Todo empezó con el golpe de una culata en mi puerta. Eran los
hombres de Cuellas; me pusieron una carabina en las manos y me dijeron que ahora era
un soldado de la «causa radical».
—O tomas el fusil o pruebas la madera —me soltaron sin mirarme a los ojos.
El miedo se podía cortar con navaja. En la plaza se comentaba el destino de Francisco
Valverde y José Cañas: hombres honrados que, por dudar, fueron apaleados hasta que sus
gritos se oyeron en toda la calle Real. En la nueva «república» de Iznájar, la libertad se
escribía con sangre y moratones.
Para mantener a su guardia pretoriana, los radicales vaciaron las casas de los sospechosos.
Vi cómo salían de los hogares de Rafael Garrido, Juan Muñoz y Antonio Torrubia cargados
con el botín del hambre: jamones, pan y hasta el chocolate de los niños. Dejaron a las
familias en la miseria.
La locura alcanzó su cima una noche en la que el estruendo de los disparos rompió el
silencio del valle. Apuntaban a matar: las ventanas de los dormitorios del presbítero don
Mariano Doncel y de don Juan Rodríguez saltaron en mil pedazos mientras ellos
descansaban. Aquello era terrorismo puro.
Muchos hombres empezaron a emigrar en secreto por los olivares bajo la luna. Pero esa
huida dejó a las mujeres desamparadas. La ira de los radicales se volvió contra ellas. Jamás
olvidaré el llanto de la mujer de Francisco Porras: la arrastraron y le cortaron el pelo al
rape, marcándola como si fuera ganado. El pánico fue total cuando se supo que muchas
otras estaban «sentenciadas» a la misma pena.
Iznájar se quedó sola, con las puertas atrancadas contra el mundo. Sin embargo, la noticia
de nuestra agonía llegó al gobernador de Córdoba. El 30 de abril de 1873, el panorama
cambió. El gobernador envió a don Alfonso García Cordón con 300 soldados y 100 guardias
civiles para destituir a los impostores.
Desde Rute, el delegado mandó un ultimátum. Los amotinados se atrincheraron en el
Ayuntamiento y, cuando los soldados estaban dispuestos a tomar el edificio por la fuerza,
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