Agosto - Flipbook - Page 19
Revista cultural año 2026 Núm. 39
David aceptó, convencido de que era una «beca encubierta». Se dijo que solo sería
durante un tiempo, lo justo para poder escribir con tranquilidad sus propias novelas. Pensó
que usaría el dinero del famoso para financiar sus obras verdaderas, las que algún día
publicarían con su nombre. Creyó que podría dividir su alma en dos: por la mañana
escribiría los best sellers que alimentarían la leyenda del otro; por la noche escribiría sus
propias novelas, las que le darían la posteridad. Lo que no previó fue la paradoja de la
marca. El contrato era draconiano: cualquier indiscreción le costaría no solo el dinero, sino
la propiedad de sus propios libros ignorados.
Pasaron los años. El escritor famoso se convirtió en una institución nacional. Cada
novela que David escribía para él era recibida con galardones, portadas en los suplementos
culturales y entrevistas en televisión donde el famoso hablaba, con fingida modestia, de la
«soledad del creador» y del «sufrimiento de su pluma».
Mientras tanto, David publicaba sus propios libros. Gracias al sueldo del famoso,
podía permitirse editarlos en sellos pequeños, pero sus obras pasaban sin pena ni gloria.
En el trastero de su apartamento se acumulaban cajas con ejemplares devueltos por las
librerías, mientras los extractos de su cuenta bancaria crecían silenciosamente en el correo
electrónico. David terminó habitando un limbo cruel: era un hombre rico que vivía en la
sombra, un genio anónimo que financiaba sus propios fracasos con el dinero que ganaba
fabricando los éxitos de un impostor.
Todo cambió una fría tarde en una firma de libros; pero no en la del afamado
escritor —donde las colas daban la vuelta a la manzana—, sino en una pequeña librería de
barrio donde David presentaba su última novela propia. Solo había tres personas: el
librero, una mujer que buscaba refugio de la lluvia y un lector empedernido que sostenía
un ejemplar de la última obra del afamado escritor (escrita, por supuesto, por David).
El lector se acercó por cortesía a la mesa del joven, hojeó su novela propia con
desgana y la dejó de nuevo en el montón.
—No está mal —dijo el lector, señalando el libro de David—, pero le falta& alma.
Se nota que es un autor que aún no ha vivido lo suficiente. Es técnica pura, pero sin ese
«fuego» que solo los grandes maestros poseen.
David tragó saliva. Sintió un nudo de hierro en la garganta.
—¿A qué maestros se refiere? —preguntó con un hilo de voz.
El hombre levantó con orgullo el libro del afamado escritor.
—A este. Mire esta frase en la página 42: «El silencio es el único idioma que los
muertos no olvidan». ¡Es sublime! Solo un hombre que ha conocido la verdadera gloria y
la verdadera pérdida puede escribir algo así. Usted debería leerlo, joven. Quizá aprenda
cómo se le da vida a un personaje.
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