Agosto - Flipbook - Page 20
Revista cultural año 2026 Núm. 39
David cerró los ojos un segundo, recordando perfectamente esa frase. La escribió
un martes de madrugada, con dolor de espalda, mientras el afamado escritor estaba de
vacaciones en una isla privada. La escribió pensando en su propia soledad, en su propio
anonimato. Era su frase. Era su alma. Pero, para el mundo, esa alma pertenecía a otro.
—Lo tendré en cuenta —respondió David, forzando una sonrisa—. Aunque a veces
los grandes nombres ocultan grandes deudas.
El lector se rio, condescendiente.
—Los jóvenes siempre son tan envidiosos. El talento no se puede comprar,
muchacho. Se nace con él o no se nace.
El hombre se marchó, abrazando el libro «falso» como si fuera un tesoro sagrado.
David se quedó solo en la librería vacía. El librero se acercó para consolarlo:
—No le haga caso. Es un esnob. Al menos usted puede permitirse seguir
publicando. Otros genios como usted tienen que trabajar en una oficina. Usted tiene
suerte de tener ese «mecenas» que le paga las facturas, ¿no?
El joven miró su placa de reconocimiento provincial, la que guardaba en su maletín.
Entendió que su condena era perfecta: el mundo amaba su sombra y despreciaba su
rostro. Su consuelo era el dinero que le permitía imprimir libros que nadie leería,
financiando su propio olvido con el éxito de su secuestrador.
Tras años de silencio, una noche David releyó a uno de sus personajes más famosos:
el detective cansado que el público atribuía al gran escritor. Mientras avanzaba por las
páginas, tuvo la incómoda sensación de estar leyendo su propia vida disfrazada. Aquellos
personajes, pensó, habían nacido de su vigilia y de su hambre. Entonces decidió arriesgarlo
todo. No quería dinero: quería verdad.
Escribió una novela que fue su obra definitiva: un ejercicio de metaficción donde
todos los personajes que había creado para el escritor famoso a lo largo de las décadas se
encontraban en una vieja mansión. En la novela, los personajes —el detective cansado, la
heroína romántica, el villano histórico— rodeaban al «Autor», una clara representación
del famoso, para agradecerle por haberles dado la vida. Era un libro lleno de amor, de
claves privadas y de una profundidad que solo el verdadero padre de esas criaturas podría
conocer.
El joven la publicó con su nombre real, convencido de que el mundo entendería el
mensaje: «Nadie podría conocer tan bien a estos personajes si no fuera su creador». La
reacción no fue la que él esperaba. No hubo revelación, solo indignación.
Crítica feroz. Los suplementos culturales titularon: «El parásito que quiso ser Dios».
Lo acusaron de ser un fanático obsesivo que había robado el universo intelectual del gran
maestro.
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