Agosto - Flipbook - Page 21
Revista cultural año 2026 Núm. 39
Veredicto público. Lo tildaron de plagiador desvergonzado. Decían que su estilo
era una «imitación barata» (sin saber que ese estilo siempre fue el suyo).
Sentencia editorial. «Es triste ver cómo un escritor mediocre intenta apropiarse de
los personajes que el Maestro dotó de alma. El joven autor intenta imitar la voz de su
mentor, pero solo logra un eco vacío».
El escritor famoso lo llamó a su despacho. No estaba enfadado; estaba divertido.
Bebía un whisky caro mientras señalaba las críticas en el periódico.
—Te lo advertí, muchacho —dijo con una calma gélida—. Tú no eres nadie. Para el
mundo, esos personajes son mis hijos. Si tú intentas decir que son tuyos, solo pareces un
loco o un ladrón. Has intentado suicidarte literariamente.
El joven, hundido en la silla, comprendió que había perdido su última batalla. El
famoso deslizó un nuevo cheque sobre la mesa, más grande que los anteriores.
—Olvida este error. Mañana empezamos la nueva novela. El público espera otra
obra maestra de «mi» pluma. Y tú necesitas pagar al abogado para la demanda por plagio
que te ha puesto mi editorial& a menos que aceptes mi protección.
David no miró la cifra. Lo dobló con la misma frialdad con la que el famoso se lo
había entregado. Al llegar a su lujoso apartamento, que ahora sentía como una cripta de
cristal, tomó una decisión definitiva. Firmó los documentos para donar toda su fortuna
acumulada a una fundación para jóvenes artistas: pintores, poetas y novelistas que solo
necesitaban una oportunidad para no tener que vender su alma por un plato de comida.
Después, se sentó frente a su vieja máquina de escribir. No escribió una carta de
despedida convencional. Cuando la policía entró en la habitación días después,
encontraron al joven en paz. Sobre la mesa, una única hoja de papel contenía un texto que
hizo temblar los cimientos del mundo literario. No era la voz de David, sino un coro de
voces que todo el país reconocía. La nota decía:
«Nosotros, los que nacimos de tu vigilia y tu hambre, nos despedimos hoy contigo.
Te vimos escribirnos en la penumbra mientras otro dormía sobre laureles ajenos. Nosotros
sabíamos que eras tú; siempre fuiste tú. En cada adjetivo, en cada metáfora, en cada latido
de nuestras historias, reconocíamos tu mano. Intentamos gritártelo desde las páginas,
pero no hallábamos la forma de hacerte entender que te estabas dejando ningunear y,
sobre todo, comprar. Ahora que te vas, nos vamos contigo; siempre nos hemos sentido
huérfanos. Dejamos a un hombre de paja frente a un escritorio vacío, para que el mundo
descubra, por fin, que el genio no se hereda ni se compra y que, a partir de hoy, su pluma
no es más que un palo seco que ha olvidado cómo florecer».
Epílogo
El escritor famoso nunca volvió a publicar una sola línea digna. La crítica dijo que
«el dolor por la pérdida de su pupilo le había secado la inspiración». Pero, en los círculos
21