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Revista cultural año 2026 Núm. 39
RELATOS DE HISTORIA
Antonio Fernández Álvarez
(Escribidor de sueños)
El Precio de Granada
El fuego no comenzó con el estruendo de un cañón nazarí, sino con el susurro tímido de
una vela mal colocada en la tienda de la reina. Fue en julio de 1491, bajo el cielo espeso de
la vega granadina. En pocos minutos, el viento de la noche transformó el descuido de una
dama de compañía en una lengua de fuego monstruosa que comenzó a devorar los tapices
de Flandes, las sedas traídas de Oriente y los estandartes de Castilla.
En medio del caos, del humo cegador y de los gritos de los soldados que creían sufrir
un ataque sorpresa, Isabel la Católica corrió. No corría como la soberana implacable que
hacía temblar a Europa, sino como una madre desesperada. Con los pies descalzos sobre la
tierra caliente, arrastró fuera de la tienda a sus hijas Juana, una niña de apenas once años
que temblaba desorientada; a su lado la pequeña Catalina, de tan solo cinco, miraba el
desastre con el pavor grabado a fuego en sus retinas mudas. Aquel incendio de Santa Fe,
aunque la reina aún no pudiera saberlo, no era más que el presagio de otras llamas, mucho
más crueles e invisibles, que terminarían por devorar la vida adulta de esas mismas niñas.
Mientras contemplaba cómo el campamento militar se convertía en un infierno de
cenizas, Isabel la Católica sintió un frío helador en las entrañas. Nunca sabría con certeza si
era Dios mismo quien había venido a cobrarse el precio de su gloria, pero aquella noche,
frente al fuego, lo presintió con la fuerza de una maldición. Agarrando las manos de las
pequeñas Juana y Catalina, los pensamientos de la reina se volvieron tan oscuros como el
humo que nublaba las estrellas:
«Es por la bula falsa. Es por el engaño a mi hermano Enrique. Es por la sangre que
he permitido que se derrame en las plazas bajo el nombre de la fe. El Señor me dio el trono
y ahora me quema la casa porque sabe que mi corazón ha caminado por senderos oscuros
para llegar aquí».
La noche del incendio, la reina de Castilla no era más que una pecadora asustada,
despojada de sus galas y de su soberbia. En la soledad de su conciencia, intuía que los
cimientos de su imperio se habían alzado sobre demasiados sacrificios ocultos, sobre
mentiras de Estado y tribunales de fe que clamaban al cielo.
Si en ese mismo instante el humo le hubiera permitido vislumbrar el futuro; si Dios
le hubiera mostrado el padecimiento que aguardaba a sus hijos 4Juan muriendo a los
diecinueve años, Isabel consumida por el duelo, María desgastada por partos interminables,
y Juana y Catalina humilladas, ninguneadas, encerradas en castillos húmedos y tratadas
como locas por hombres despiadados4, la reina de Castilla habría caído de rodillas.
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