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Revista cultural año 2026 Núm. 39
De haber sabido que el precio de conquistar Granada era entregar a sus propias hijas
al abismo, Isabel la Católica quizás habría renunciado a todo. Habría arrojado la corona a
las llamas, habría pedido perdón a voz en grito y se habría retirado a los muros silenciosos
de un convento, mendigando la misericordia que ella, como reina, tantas veces negó.
El amanecer sobre las ruinas ahumadas de Santa Fe trajo un silencio sepulcral. Isabel
ordenó levantar piedra sobre piedra, una ciudad entera que sepultara las cenizas del aviso
divino. Engañó al mundo con un despliegue de poder inmortal, pero el fuego ya se había
mudado de sitio. Había anidado en la sangre de sus hijos.
Apenas seis años después de aquella noche, la factura que la reina tanto temía
comenzó a cobrarse en oro y vidas.
El primer hachazo al corazón del imperio no vino de las armas francesas, sino del
lecho conyugal en Salamanca. El príncipe Juan, el varón tan rezado, el sol de Castilla y
Aragón, se apagaba a los diecinueve años.
Isabel viajó a contrarreloj, con el eco del incendio de Santa Fe resonando en sus
oídos. Al llegar, solo encontró el rostro pálido de su hijo y los susurros de los médicos, que
culpaban a la fogosidad del matrimonio con Margarita de Austria de haber consumido el
débil cuerpo del príncipe. Fernando el Católico, buscando salvar la dinastía, intentó consolar
a su esposa con razones de Estado, pero Isabel se encerró en un luto que ya nunca se quitaría.
La dinastía Trastámara se había quedado sin cabeza. El dolor se volvió absoluto
cuando Margarita dio a luz a una niña muerta. La descendencia del varón se convertía en
humo, tal como las tiendas de Santa Fe. Dios no quería un rey Trastámara; quería algo más
complejo, o quizá algo más cruel.
La corona de la herencia cayó entonces como un peso de plomo sobre la primogénita,
Isabel. La joven que había suplicado a sus padres que la dejaran profesar en un convento
tras la muerte de su primer esposo, fue arrancada de su retiro místico. En nombre de la
sagrada alianza con Portugal, la obligaron a desnudarse de sus ropas de viuda y a entregarse
al lecho de Manuel I.
Isabel aceptó el matrimonio como quien abraza el martirio, exigiendo a cambio una
purga de sangre: la expulsión de los judíos de tierras lusas. Dios pareció responderle de la
misma forma en 1498. Durante un parto agónico en Zaragoza, mientras los nobles esperaban
al heredero de la unificación ibérica, la joven princesa expiró a los veintisiete años. Su hijo,
el pequeño Miguel de la Paz, apenas vivió dos años más antes de marcharse con ella.
Fernando e Isabel, incansables en su ajedrez político, no lloraron la pérdida
deteniendo la maquinaria; la sustituyeron. La infanta María fue enviada a Portugal como
una pieza de recambio silenciosa para ocupar la cama vacía de su hermana mayor. María no
gritó, no se rebeló. Soportó con una sumisión desgarradora diez embarazos en diecisiete
años. Su cuerpo, desgastado y vaciado por la exigencia biológica del imperio, se rindió a
los treinta y cinco años tras su último parto. Fue la hija que se consumió sin hacer ruido,
cumpliendo las órdenes de unos padres que confundían el amor filial con los tratados
diplomáticos.
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