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Revista cultural año 2026 Núm. 39
Mientras el sur se desangraba en partos y entierros, la hija menor, Catalina, navegaba
hacia el norte, hacia las brumas de Inglaterra. Llevaba consigo el orgullo Trastámara, el latín
perfecto que su madre le había enseñado y a un séquito de sirvientes donde destacaba una
joven de su misma tierra: Catalina de Motril.
El matrimonio con el príncipe Arturo duró apenas cinco meses antes de que las
fiebres se llevaran al joven heredero inglés. En la fría alcoba real, entre sábanas que la
sirvienta de Motril lavaba en silencio, se custodió el secreto que años más tarde haría
temblar a la Cristiandad. Catalina fue entregada al hermano menor, Enrique VIII, iniciando
un reinado de aparente gloria que terminó en el fango de la obsesión del rey por un hijo
varón.
Cuando Enrique inició el proceso de nulidad, intentando apartarla para coronar a
Ana Bolena, la maquinaria de propaganda de los Tudor intentó presentar a Catalina como
una mujer obsesiva, una fanática despechada que perturbaba la paz del reino con desvaríos
y terquedades. La despojaron del título de reina, la llamaron "Princesa viuda" y la aislaron
de su hija María.
Pero Catalina no era Juana; su fuego era de acero. El 21 de junio de 1529, en el
tribunal de Blackfriars, se arrodilló ante su esposo y ante los legados papales para pronunciar
las palabras que destruirían la estrategia legal del rey: "A este vuestro lecho he venido como
verdadera virgen... Y si esto es verdad o mentira, lo pongo a la altura de vuestra propia
conciencia".
Los enviados españoles buscaron desesperadamente a Catalina de Motril en
Andalucía para que declarara sobre la limpieza de aquellas sábanas de 1501, pero el
testimonio de la sirvienta nunca llegó. Catalina de Aragón murió en el gélido castillo de
Kimbolton, vistiendo el hábito franciscano bajo sus ropas rasgadas, defendiendo su verdad
frente a un rey que la ninguneó hasta el último suspiro.
De todas las hogueras que provocó el incendio de Santa Fe, ninguna clama al cielo
con tanta fuerza como la de Juana. Ella, la niña que corrió descalza huyendo de las llamas,
acabó encerrada en la más absoluta de las oscuridades.
A diferencia de su hermana Catalina, que era una reina consorte en tierra extraña,
Juana era la Reina legítima y propietaria de Castilla. La corona era suya por derecho de
nacimiento tras las muertes de sus hermanos. Y fue precisamente ese derecho el que la
condenó. Los tres hombres en los que debía confiar 4su esposo Felipe el Hermoso, su padre
Fernando el Católico y finalmente su propio hijo, el emperador Carlos I4 se convirtieron
en sus carceleros.
Construyeron meticulosamente el mito de su locura. Utilizaron sus arranques de
celos justificados, su desesperación ante las traiciones y su huelga de hambre como pruebas
de un desequilibrio mental que justificaba arrebatarle las riendas del gobierno. El encierro
en el torreón de Tordesillas duró casi cincuenta años. Cinco décadas de penumbra, de
maltratos por parte de los marqueses de Denia, despojada de sus hijos pequeños, obligada a
escuchar que estaba loca por los mismos clérigos que debían consolarla.
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