Enero 26 - Flipbook - Page 25
Revista cultural año 2026
El camino de los Sabios
M
Miguel Ángel Moral Quero
En la ciudad de Ecbátana, donde los muros parecían pintados con luz y las fuentes
cantaban historias antiguas, vivía un sabio llamado Melchor. Tenía la barba blanca como
la nieve recién caída y unos ojos tan curiosos que parecían espejos del cielo. Cada noche
subía a la terraza de su casa con sus rollos de papiro, un plato de dátiles y aceite para su
lámpara. Amaba observar las estrellas: las reconocía a todas como si fueran viejas amigas.
Pero una noche sucedió algo que hizo temblar el corazón del anciano. Una estrella nueva,
brillante, enorme, apareció justo donde el cielo siempre había estado vacío. Era como si
alguien hubiese encendido un farol dorado en mitad de la oscuridad. Melchor se levantó,
dejó caer sus papiros sin darse cuenta y respiró profundamente.
—Esa estrella no es un accidente —susurró—. Esa estrella& trae un mensaje.
La luz no solo brillaba: parecía moverse, latir, llamarlo. Sin perder tiempo, Melchor escribió
dos cartas urgentes y las entregó a mensajeros veloces. Debían viajar lejos, muy lejos: una
carta para Gaspar, sabio de la tierra de Saba , y otra para Baltasar, sabio de las montañas
verdes de Nubia. Porque Melchor sabía que aquel signo no era para un solo hombre; era
para los tres.
En Saba, Gaspar estaba rodeado de cofres llenos de perfumes y especias. Sus manos olían
siempre a canela y flores secas. Aunque era joven, su sabiduría era profunda. Cuando
recibió la carta de Melchor, salió al balcón y buscó la estrella. La vio inmediatamente: un
punto dorado que parecía sonreírle en el cielo oscuro.
—¡Oh, Melchor, viejo amigo! —exclamó—. Tenías razón& ¡ha llegado el momento!.
Gaspar ordenó preparar su dromedario preferido, al que había llamado Aroma porque
siempre olía a incienso. Luego guardó en su bolsa un pequeño cofre que consideraba el
más valioso de todos.
—Por si acaso& —dijo mientras lo acariciaba con cariño.
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