Febrero 26 - Flipbook - Page 37
Revista cultural año 2026
Se dice que en prisión devolvió la luz a los ojos ciegos de una joven. Se dice que escribió
una última carta, firmada con una frase sencilla y eterna: «De tu Valentín». No importa si
ocurrió exactamente así. Hay verdades que no necesitan pruebas; basta con que sean
creídas durante siglos. La leyenda convirtió a Valentín en algo más que un mártir: lo volvió
símbolo. En él se concentró la idea del amor que no se rinde, del afecto que persiste incluso
cuando el mundo se vuelve hostil. Desde entonces, cada gesto amoroso lleva, sin saberlo,
un eco de aquella historia.
Antes de que Valentín tuviera nombre en el calendario, febrero ya celebraba el impulso de
la vida. Las Lupercales llenaban Roma de rituales paganos, de cuerpos en movimiento, de
risas y sangre, de deseo y fertilidad. Era una fiesta antigua, visceral, ligada al latido de la
tierra.
Cuando la Iglesia sustituyó aquellos ritos por la festividad de San Valentín, no borró el
impulso: lo transformó. Donde antes había instinto, colocó compromiso. Donde había
carne, puso promesa. El amor dejó de ser solo impulso y se convirtió en camino
compartido. Así, febrero siguió siendo el mes del renacer, pero con un nuevo lenguaje: el
del amor que elige quedarse.
En la Edad Media, el amor se volvió palabra. Se volvió poema. Se creía que el 14 de febrero
los pájaros comenzaban a buscar pareja, y esa imagen bastó para encender la imaginación
humana. Los poetas, como Geoffrey Chaucer, hicieron el resto. El amor dejó de ser solo un
hecho y se convirtió en ideal.
Nació el amor cortés: ese amor que observa desde la distancia, que admira, que espera.
Un amor que ennoblece tanto a quien ama como a quien es amado. Cartas escritas a mano,
versos torpes y sinceros, símbolos mínimos cargados de significado: el corazón humano
aprendía a expresarse. Y aún hoy, cuando alguien escribe «te quiero» con un poco de
miedo, está repitiendo aquel gesto medieval de exponerse sin armadura.
La imprenta multiplicó las palabras. El mercado multiplicó los gestos. El siglo XIX convirtió
el amor en tarjeta, y el XX lo envolvió en papel de regalo. San Valentín se expandió por el
mundo como una melodía conocida, adaptándose a cada cultura. A veces se le acusa de
superficial. Pero, incluso en su forma más comercial, San Valentín revela algo profundo:
necesitamos fechas para recordar lo que debería ser cotidiano. Necesitamos símbolos
porque el amor, por sí solo, no siempre encuentra palabras.
Hoy, San Valentín no tiene un solo rostro. En algunos lugares es chocolate; en otros,
amistad; en otros, cuidado personal. Hay quien lo celebra en pareja, quien lo comparte
con amigos y quien lo dedica a reconciliarse consigo mismo. Y quizá ahí esté su fuerza: en
no imponer una única forma de amar.
San Valentín ha sobrevivido porque habla de algo que no envejece. El amor cambia de
forma, de lenguaje, de ritual, pero nunca desaparece. En un mundo rápido, ruidoso y
fragmentado, amar sigue siendo un gesto radical. Escuchar, cuidar, permanecer. Amar no
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