Febrero 26 - Flipbook - Page 6
Revista cultural año 2026
frente a sus superiores, y él a cambio nos regalaba siempre una simpatía que le hacía
parecer más cercano a pesar de su escalafón.
En la oficina éramos cuatro soldados los destinados a nuestra sección, que era la encargada
de asuntos de tropa hasta suboficiales. En cuanto a tropa: destino de los nuevos reclutas,
cambio de región por ser casados, permisos al extranjero y otros. Para los suboficiales:
cambio de destino, bajas por accidentes y otros. Aunque como he citado, éramos cuatro,
a veces por permisos, solo coincidíamos tres que teníamos que sacar el trabajo
adelante. También si a alguno le tocaba imaginaria por la noche, no solía llegar a la oficina
hasta bien entrada la mañana. Aun así, nunca teníamos trabajo atrasado. La oficina tenía
tres mesas para nosotros con su correspondiente máquina de escribir, una Olivetti 98, y
una mesa de despacho para el capitán Chamorro, donde todas las mañanas tenía
preparado el trabajo a realizar más el que entrase a lo largo del día.
En la rigidez militar que hallaba cuando bajaba al cerrar la oficina sobre las cinco de la
tarde, si habíamos acabado el trabajo, a la Compañía de Destinos a la que pertenecía, el
trato especial que recibíamos por parte del capitán Chamorro era un oasis. En esta caja
donde he hallado esta foto, he encontrado una carta de un compañero de la oficina con el
cual durante una década estuve carteándome principalmente para felicitarnos en Navidad
y, de despedida, me ha evocado una anécdota que sirvió para afianzar cierto beneplácito
del capitán, ya que en la despedida me decía mi compañero: «Recuerdo a los Burgundios».
Y es que un día el capitán Chamorro me pide un favor personal. Este me pide que haga un
trabajo para el instituto sobre los Burgundios que le han pedido a su hijo para subir
nota. Para ello, a mí me da un pase de paisano para poder salir y acudir a la biblioteca de
Gobierno Militar, que es extensísima, y un pase a deshoras por si volvía más tarde de la
hora establecida por la compañía de destinos. Ciertamente, hacer un trabajo por parte de
un soldado de reemplazo para fines interesados, en este caso del hijo del capitán, hoy
estaría mal visto. Pero no era raro ver a los carpinteros, herreros, pintores, electricistas,
mecánicos de coches, etc., de la Compañía de Destinos acudir incluso a casa de los oficiales
a realizar algunos de estos trabajos.
Mientras yo faenaba en el estudio sobre los Burgundios, aquí en Valencia, la capital del
Turia, preparando un trabajo para el hijo del Capitán Chamorro, en Madrid, en la capital
de España, un grupo de guardias civiles entraban en el Congreso de los Diputados con el
fin de afanar la democracia, la tarde del 23 de febrero de 1981. Al frente, el teniente
coronel Tejero de la Guardia Civil irrumpe en el Congreso e incluso disparan ráfagas de
disparos al aire para intimidar a sus señorías.
La tarde del 23 de febrero no fue una tarde normal para los que nos encontrábamos en la
Primera Sección de Estado Mayor de Capitanía General de Valencia. El capitán Chamorro
y el capitán Díaz, también responsable de la oficina de la Primera Sección de Estado Mayor,
pero este último encargado de las peticiones de los oficiales y otros mandos, se marcharon
dejándome a cargo de las oficinas por mi condición de cabo, con la orden expresa de que
no se marchase nadie hasta que ellos volvieran.
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