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Revista cultural año 2026 Núm. 38
La Vara y el Fuego
El mapa de la Córdoba insurgente
CUARTA PARTE
Bujalance: El fuego del Alto Guadalquivir
Donde el papel se vuelve ceniza
Aparqué cerca de la Plaza Mayor. A pesar de estar a solo 75 kilómetros de casa, Bujalance
se me antojaba un escenario nuevo, una ciudad de torres orgullosas que parecía esconder
sus secretos tras el ladrillo de sus fachadas. Me senté en un banco, bajo la sombra, y saqué
el libro de Díaz del Moral. No pasaron ni cinco minutos cuando una mujer de edad avanzada,
que caminaba con paso menudo, se detuvo un instante. Sus ojos, nublados por el tiempo
pero curiosos, se fijaron en la portada desgastada.
4No sé qué pondrá ese libro 4dijo con una voz que sonaba a tierra seca4, pero a
veces el dolor no se cuenta bien. Lo escriben como si aquello fuera cosa de buenos y malos,
y la verdad es más amarga.
Le expliqué mi viaje, mi búsqueda del rastro de 1873. Ella asintió lentamente y se
sentó a mi lado, dejando que el peso de sus recuerdos se acomodara en el banco.
4Mi abuelo sufrió esa justicia 4continuó4, una justicia lenta que te va comiendo
por dentro. Él no tuvo nada que ver con la quema de los papeles, pero en este pueblo, cuando
el fuego empieza, el humo acaba manchando a todos.
Y allí, bajo el sol del Alto Guadalquivir, la anciana comenzó a narrar la historia que
no sale en los índices de los libros técnicos:
Aquel febrero, Bujalance no era el pueblo tranquilo que usted ve ahora. El hambre
se mascaba en el aire. Cuando llegó la noticia de la República, la gente no fue a celebrar;
fue a cobrar lo que se le debía. Se dirigieron al Ayuntamiento como una marea. Mi abuelo
decía que el resplandor de la hoguera se veía desde los olivares.
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