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Revista cultural año 2026 Núm. 37
vendas y el otro lleno de un brillo que mezclaba terror y vida. Había vuelto.
Dicen que aquella mujer nunca volvió a dormir bien, y que José, desde ese día, miraba el
mundo con más calma, como quien ha visto la frontera entre lo eterno y lo efímero. Nunca
habló mucho de aquello. Solo decía, con voz baja y mirada perdida:
4No era mi hora todavía.
Volvió a su pueblo meses
después, con el uniforme gastado
y una mirada distinta. El ojo que
le quedaba parecía verlo todo con
más profundidad, como si buscara
en cada rostro un motivo para
seguir vivo. La gente lo recibía
con respeto y cierto temor, como
si cargara consigo un secreto
demasiado grande.
Se dedicó a cuidar la tierra y a
caminar por las calles con paso
firme, saludando con ese gesto
breve y sereno de quien ha
aprendido a valorar el aire, el sol
y los días tranquilos. En las
tardes, se sentaba en la puerta de
su casa, con una copa de vino y
una sonrisa leve, mientras
observaba a los niños correr por la
plaza.
Algunos de esos niños, cuando lo
miraban de reojo, decían que su
ojo bueno brillaba distinto al
atardecer, como si guardara una
luz que no era de este mundo.
Él se reía, acariciaba su cicatriz y murmuraba:
4No, hijos… es solo que una vez miré más allá.
Y aunque los años pasaron, y su cuerpo se fue apagando como una vela que sabe cuándo
dejar de arder, su historia quedó viva. En el pueblo todavía se habla de aquel sargento que
despertó dentro de su ataúd, del hombre que burló a la muerte y que, desde entonces,
aprendió a mirar la vida con gratitud y misterio.
Porque hay hombres que no mueren cuando los entierran, sino cuando los olvidan.
Y José… nunca fue olvidado.
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