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Revista cultural año 2026 Núm. 37
Se quemaron los fielatos, que eran los puntos de cobro del odiado Impuesto de Consumos,
que gravaba los alimentos básicos de los más pobres; fueron los primeros en arder.
A diferencia de otras revueltas puramente políticas, en Aguilar los campesinos se dirigieron
a los cortijos no solo para protestar, sino para exigir que la tierra volviera a manos de quienes
la trabajaban de sol a sol.
El viejo maestro se reajustó las gafas y, con un suspiro que parecía cargar con el peso de un
siglo, continuó su relato mientras el sol de la tarde empezaba a teñir de ocre las paredes de
Aguilar de la Frontera.
4Lo de aquí fue un espejismo de libertad que duró apenas unos días 4comenzó a decir4
. Mientras el pueblo creía que la República era el fin de su esclavitud frente a los
terratenientes, en Córdoba ya se estaban afilando las bayonetas.
Aquí tienes los hechos que el anciano te narró sobre el final de la revuelta:
Tras el caos inicial y la quema de los fielatos, el Gobierno no tardó en reaccionar. Desde
Córdoba partió una columna militar al mando del brigadier Pavía (quien más tarde se haría
famoso por su golpe de Estado). Su misión era clara: restaurar el «orden» a cualquier precio.
Al ver que el ejército se acercaba, muchos campesinos, que esperaban que la República los
protegiera, comprendieron con amargura que el nuevo régimen no iba a permitir el reparto
de tierras ni el desorden social. En Aguilar, a diferencia de otros lugares, la resistencia fue
breve pero intensa antes de que la superioridad militar se impusiera.
Una vez que las tropas tomaron la plaza, empezaron las detenciones. No solo fueron tras los
que prendieron fuego a los fielatos, sino tras los líderes naturales del campesinado. Muchos
huyeron a la sierra, repitiendo el ciclo de los huidos que habrás leído en el cuaderno de
Iznájar.
El ejército restableció en sus puestos a la misma oligarquía terrateniente que había
provocado el hartazgo. Las varas de mando, que en otros pueblos volaron por los balcones,
aquí fueron devueltas a las manos de quienes seguían viendo al jornalero como a un esclavo.
El maestro terminó la historia con una frase que me recordó mucho a lo que había sentido
durante todo el viaje:
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