Marzo - Flipbook - Page 12
Revista cultural año 2026
de hecho, tus manos, tus patas y hasta tu boca parecen el hocico de aquella enorme rata
que era mi amiga. Tu tamaño ahora es igual al mío. Antes te veía mayor y no te tenía miedo;
sin embargo, ahora me inspiras pavor y repugnancia al mismo tiempo.
Mis padres decían que tú no existías, que era una fantasía mía; incluso el psicólogo llegó a
convencerme de que había inventado un amigo. Sí, quizás todos tuvieran razón, pero
entonces no eras un monstruo. Tú, solo tú, eras mi compañero de juegos, mi amigo, mi
único modo de enfrentarme a mis miedos, a la oscuridad y a la soledad de aquel sótano
de la vieja casa donde antes vivía y donde mis papás solían encerrarme; ellos no querían
que yo les estorbase cuando recibían las visitas de sus amigos. Solo eran las noches de los
viernes y los sábados. ¡Fueron tantas! Recuerdo que siempre estabas tú ahí
acompañándome.
Ahora, ¿qué haces aquí? ¿A qué has venido? ¿Por qué? ¿Cómo me has encontrado?
Dejaste de venir, si la memoria no me falla, desde la noche en la que se olvidaron de
llevarme a la cama, como lo hacían siempre cuando todos sus amigos se habían marchado.
A la mañana del día siguiente vinieron a por mí. Dicen que estaba dormido abrazado a una
gigantesca rata que me dejaste para que me hiciera compañía. Me dijiste que estaba hecha
de fieltro. ¿Acaso eras tú? No te recuerdo así.
—¿Puedo ponerle un nombre? —te dije.
—Por supuesto. ¿Qué nombre quieres ponerle? —me dijiste.
—Nadia.
—¿Nadia? ¿Qué nombre es ese? —me preguntaste.
—Sí, la llamaré Nadia. Una vez le oí a mi abuela ese nombre y creo que dijo que significa
esperanza.
—Está bien, creo que a mí también me gusta ese nombre —dijiste.
Lloré, lloré mucho cuando al levantarme del lecho donde dormía, Nadia se movió y mi
padre la mató aplastándole la cabeza con una pala. Durante muchas noches había sido mi
compañera; con ella no tenía miedo a la oscuridad. Tú me dijiste que cuidaría de mí y que,
si yo cuidaba de ella, no me sucedería nada malo. ¡Perdí a Nadia! Aunque todo cambió
aquella mañana en la que mis padres la vieron, no pude evitar que acabaran con ella.
Durante muchos meses estuvieron llevándome a un médico que me hablaba pero no me
escuchaba; no quería entender que era un regalo que tú me habías hecho. Te describía a
ti y a Nadia, y decía que solo eran imaginaciones mías. «Amigos imaginarios», decía. La
muerte de Nadia me trajo el horror de una medicación a la que me veía sometido, también
el desconsuelo porque desde entonces tú no me habías vuelto a visitar y me sentía muy
triste por ello.
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