Marzo - Flipbook - Page 26
Revista cultural año 2026
Y fue arrestado.
Así comenzó su última caminata: no hacia el exilio, sino hacia la eternidad.
En la prisión conoció a Salomón. Salomón era un noble que se había convertido al
cristianismo. Fue su compañero de fe y de destino. Los dos nombres, el de Salomón y el
suyo propio, están escritos para siempre en la misma página del martirologio cordobés.
En ese lugar, entre muros húmedos y sombras donde no había reloj, se apoyaron el uno al
otro y se hicieron más fuertes. Compartieron el miedo, sí, pero también tenían una certeza:
que negar su fe con los labios era traicionar a su propio corazón.
Les ofrecieron la vida a cambio del silencio.
Les propusieron salvar el cuerpo perdiendo el alma.
Les pidieron que cambiaran de Dios como quien cambia de túnica.
Y respondieron con su sangre.
En el año 857, el emir Muhammad I ordenó que los llevaran al lugar donde los iban a
ejecutar. No hubo ninguna ceremonia ni cánticos. Solo se escuchó el sonido de la espada
y la gente que miraba sin comprender lo que estaba pasando. Les cortaron la cabeza
porque no se toleraba su forma de pensar y luego tiraron sus cuerpos al río Guadalquivir,
como si el agua pudiera hacer desaparecer lo que realmente había sucedido.
Pero el agua no sabe de olvidos.
Y la fe no se ahoga.
El río llevó su sangre como quien lleva semillas. Y la semilla, cuando cae en tierra buena,
siempre germina.
Con el tiempo, pasaron muchos años. Las fronteras cambian de manos. Las torres vuelven
a tener campanas. Cuando Cabra vuelve a formar parte de la cristiandad, el nombre de
Rodrigo vuelve también, como algo que regresa a su hogar.
Desde entonces, este pueblo no solo tiene historia: tiene mártir.
No solo tiene pasado: tiene testigo.
No solo tiene piedra: tiene memoria.
San Rodrigo no murió buscando gloria.
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