Mayo 2026 - Flipbook - Page 62
Revista cultural año 2026
redomada y eso era debido a una mente sin fronteras y a no saber distinguir un sueño de la
realidad. Así que se mantuvo rígida, quieta, con sus grandes ojos oscuros intentando
penetrar las paredes para adivinar de dónde provenía aquel ruido de página que había oído
hacía unos instantes y que se volvió a repetir unos minutos después.
Al final, armándose de valor y con un gran nudo en la garganta, avanzó hacia el sonido que
provenía de una puerta al fondo del pasillo. La abrió con tanto pavor que ni siquiera notó el
pomo en su mano y entró.
La puerta se abría a un sótano que semejaba una cueva, al que se llegaba a través de una de
esas viejas y mohosas escaleras de caracol, construidas de piedra y con unos escalones
mínimos. A través del resquicio de la desvencijada escalera se colaba la luz de una vela
cuyo resplandor era tenue, tenebroso, dorado y escondido.
Amarrándose a las paredes, bajó con sigilo por las escaleras hasta que por fin vio lo que allí
había. Cova no cabía en su asombro: sobre una pequeña mesa antigua de madera había una
montaña de libros, y la vela de cera que veía por los resquicios se consumía rápidamente.
En el suelo también había libros apilados desordenadamente y con amenaza de caerse.
Tras la mesa, una silla y un extraño hombre. Vestía todo de negro; el pelo le caía por la cara
rozándole levemente los hombros y sus profundos ojos estaban atrapados, como con hilos
invisibles, por las palabras del libro. No hay palabras para describir la belleza que tenía: un
rostro casi mítico, duro pero finamente dibujado, que desprendía un resplandor casi idéntico
al de la Luna y parecía esconder un carácter severo pero infinitamente sensible y soñador.
Su belleza deslumbró a Cova hasta el punto de recordarse a sí misma como una bacante
enamorada de un bello Dioniso.
De pronto resbaló y cayó frente al joven, que levantó su cabeza de su cárcel de palabras.
Las palabras sobraron en semejante encuentro; tanto uno como otro sabían quién era el otro,
o por lo menos se lo imaginaban. Se observaron largo rato en ese silencio lleno de palabras
y, a pesar de todo, Cova se preguntaba quién era en realidad. Sabía que le conocía; sabía
que en algún recodo lejano de su mente ese hombre estaba y que quizá había esperado
encontrarlo allí.
Él sonrió vagamente y dejó entrever sus profundos ojos verdes. Esa mirada significaba todo
y nada: blanco y negro, la Luna y el Sol. Significaba un «por favor, cariño, no te enamores
de mí», un «te quiero», un «me iré pronto», un «no te pierdas, no busques en mí lo que no
hay».
—¿Dónde está Luna? ¿Quién eres? —preguntó ella.
—Bueno —sonrió él—, es algo que nunca sabrás, pero forma parte de ti y de un incesante
sueño que has tenido siempre, pero del cual nunca te acuerdas.
Un escalofrío corrió por la espalda de la chica. Eso era lo que hacía que se levantase en
plena noche envuelta en un miedo inexplicable, pues a la vez era cálido y arropador. Acto
seguido, él la cogió de la mano y la llevó por una pequeña escalera al tejado de la casa. La
noche, con su fragancia azul y candorosa, irrumpía en los pulmones de ambos y parecía
62