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Revista cultural año 2026 Núm. 42
Xavier de Montepin, Paul Feval y Fernando de Rojas, Alejandro Dumas y Lope de Vega
se encontraban para nosotros en un nivel aproximado de calidad, e incluso, para decir la
verdad, nos inclinábamos sin vacilación por los extranjeros, que parecían tener más interés,
más intriga, más amenidad, y además, y eso era muy visible, estaban escritos en una lengua
más cercana a nuestra capacidad de comprensión, la que el traductor de turno les había
prestado, claro está.
La novela histórica fue, tras los tebeos, un paso más en el acercamiento del lector de
entonces al gran mundo de la literatura y ella nos fue ampliando el mundo, nos lo sigue
ampliando aún en nuestros días.
Como se sabe la novela histórica es producto de la desazón romántica, de la
inadaptación del hombre romántico a su propia época, de la necesidad de encontrar aspectos
ideales en otros periodos, en otras gentes. Y surge ante ellos, ante los románticos, la Edad
Media, "enorme y delicada" que diría Verlaine. Por eso, la sensibilidad del adolescente
parece estar un poco de acuerdo con este tipo de narración, de tal manera que desde una
perspectiva actual sumergirnos en una de ellas es como regresar al país azulado de entonces,
a las mañanas de sol de la vida, a las tardes invernales al lado del fuego o del brasero, donde
había personajes como los de El pirata de Walter Scott, y toda la infinita caterva de su linaje,
y echamos de menos aquel periodo tan dulce y tan lejano, con Lucía de Lamemoor
enloquecida de amor, con Guy Mannering o el astrólogo misterioso, con la novela
arqueológica antigua, magníficos aún Los últimos días de Pompeya, e incluso Ben-Hur,
leída a raíz de la película. Y luego la continuidad y amplitud imposible de abarcar de
Alejandro Dumas, cuyas aventuras de D´Artagnan y tantas otras mantienen aún su vitalidad
y su encanto. Y ya en nuestra época el lector de novelas históricas descubre a Marguerite
Yourcenar, no sólo en las famosas Memorias de Adriano, sino en Opus nigrum, de ambiente
ocultista, con sus alquimistas y sus problemas heréticos, o El nombre de la rosa, de Umberto
Eco, que resurge ahora con otra novela de ambiente histórico, La isla del día de antes, tras
el fracaso, según han indicado algunos críticos, de El péndulo de Foucault, también de un
fondo histórico marcado.
La novela histórica es, pues, una narración de actualidad, también cultivada por
autores españoles, como Gonzalo Torrente Ballester, con la Crónica del rey pasmado, o
Juan Eslava Galán, con En busca del unicornio. A estos últimos, hay que unir, desde ahora,
la creación de José Calvo Poyato, que se asoma al panorama de las letras españolas con su
primera novela, El Rey Hechizado, a la que esperamos sigan muchas otras más.
Por lo general, los protagonistas de estas novelas no suelen ser grandes figuras
históricas, sino de segunda fila o incluso inventadas por el propio autor, o cuando no
interpretadas por él a su capricho. Esta condición no es meramente arbitraria, sino necesaria:
si se trata de un personaje de primera magnitud y se sigue fielmente su trayectoria, lo que
se obtiene es una historia más o menos novelada, nunca una novela. El escritor carece de
las condiciones necesarias de libertad para crear al héroe y enfrentarlo con su mundo, porque
en la novela histórica, como en toda buena novela, suele haber un enfrentamiento del
personaje singular con la sociedad en la que está inmerso, al contrario de lo que ocurría en
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