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Revista cultural año 2026 Núm. 42
la antigua epopeya, en la que el héroe es el símbolo de toda su sociedad y la representa.
Con todo, tenemos un desconocimiento notorio de nuestra novela romántica de tipo
histórico, hay más de trescientas novelas en el periodo considerado más romántico del siglo
XIX, es decir, entre 1830 y 1870, y en estas novelas se encuentra toda la historia de España,
incluso el reinado de Carlos II, dato que tal vez desconozca el profesor Calvo Poyato,
concretamente en los soporíferos cuatro tomos de Carlos II el Hechizado, de Francisco de
Tárrago y Mateos, que aparecieron entre 1852 y 1854. Curiosamente la que se suele
considerar primera novela histórica del periodo romántico español tiene como protagonista
a un personaje de nuestra comarca; se trata de Ramiro Conde de Lucena, en la novela del
mismo título, publicada en 1823, obra de Rafael Húmara y Salamanca, cuya acción se sitúa
en la Sevilla de Fernando III el Santo y narra los amores del caballero protagonista y una
princesa mora, hermana del rey árabe de Sevilla. La más notable de todas ellas es, sin duda,
El señor de Bembibre (1844), de Enrique Gil y Carrasco, situada en la comarca del Bierzo
leonés, con el telón de fondo de la extinción de la orden de los caballeros templarios
españoles. Y más tarde, tras el romanticismo, en el periodo realista, la novela histórica sigue
cultivándose, y ahí están las casi cincuenta novelas de los Episodios Nacionales de Pérez
Galdós, y ya en el siglo XX, otros escritores se suman al cultivo de la narración histórica,
como Valle-Inclán y la serie también incompleta de El ruedo ibérico.
En algunas de las novelas históricas además de la huida hacia el pasado, se proyecta
sobre él el agitado mundo contemporáneo.
En este contexto de evocación del pasado, que hemos evocado a grandes rasgos, hay
que situar la novela de José Calvo, que presentamos esta noche, y que puede definirse como
una mezcla de historia y aventura en la corte del rey Carlos II, el hechizado.
Como se sabe, la etapa final del reinado de los Austrias españoles aparece
configurada, según la mayoría de los historiadores que se ocupan del tema, entre ellos el
propio doctor Calvo Poyato, como una época de intrigas palaciegas, supersticiones y
decadencia generalizada. La agudización del proceso que desemboca en la llamada Guerra
de Sucesión, que sirvió para entronizar en España a la dinastía de los Borbones, tuvo una de
sus motivaciones, quizás la más importante, en la falta de descendencia del último rey de la
dinastía, Carlos II de Austria. Sobre este hecho se fueron creando, ya desde su época,
numerosas conjeturas y leyendas que tienden a presentarnos la figura del monarca como una
persona enfermiza que había sido objeto de un hechizo, lo que le imposibilitaba para tener
hijos. La mala salud del rey, ya en la etapa final de su reinado, hace que ni siquiera pueda
cohabitar con la reina, tal como lo revela alguno de los historiadores más tradicionales y
escrupulosos; así el Duque de Maura nos lo retrata, hacia 1697, como un hombre
"valetudinario ahora, descolorido y flaco, húmedos siempre los ojos, permanentemente
melancólico, [que] paseaba, cuando más, dentro de un coche cerrado, en tardes apacibles, o
se recluía en sus habitaciones, escuchando aburrido a sus músicos de Cámara, acompañado
siempre de día por la Reina; pero no de noche, pues los médicos prohibieron la cohabitación
conyugal desde que, el 23 de enero de 1697, al cabo de cincuenta días sin fiebre, reapareció
la terciana". Un aspecto desmedrado y enfermizo, un tanto raquítico, es el que se aprecia
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