Noviembre 26 - Flipbook - Page 23
Revista cultural año 2026 Núm. 42
Me acerqué a la mesa con el lápiz mordido y un pedazo de papel de estraza en la
mano. Cuando llegué a su altura, ninguno de los tres me miró. Para ellos yo era invisible,
una sombra más del local. Trescastro, con la voz más alta de la cuenta y los ojos encendidos,
se reclinaba hacia atrás en la silla y gesticulaba con rabia y orgullo. Fue en ese preciso
instante, al inclinarme sobre la mesa para atenderlos, cuando sus palabras me llegaron
claras, ensordecedoras, sin que yo pudiera entender del todo la magnitud de lo que
significaban.
Volví al mostrador a la carrera, inocente, convencido de que solo le llevaba a mi
padre una comanda más.
4Papá 4le dije en voz alta, tirándole de la manga del chaleco4, esos señores
quieren tres copas de anís... No sé por qué van a brindar, pero uno dice que le pegó dos tiros
en el culo por maricón.
No llegué a terminar de cerrar la boca. El chasquido seco de la bofetada resonó en
todo el bar.
El dolor me abrasó la mejilla y el impacto me hizo dar un paso atrás, con los ojos
llenos de lágrimas por la sorpresa más por el guantazo de mi padre, que jamás me había
pegado. Pero cuando lo miré, no vi ira en su rostro. Vi pánico. Un terror puro y desencajado
que le hacía temblar las manos y la mandíbula.
Se inclinó sobre mí, me agarró del brazo con una fuerza tremenda y me susurró al
oído con una voz que parecía salirle del fondo de las entrañas:
4Tú no has oído nada. Tú no has visto nada. Te metes ahora mismo en la cocina y
como vuelvas a repetir esa palabra o a nombrar a esos hombres, nos matan a todos.
Me mandó para dentro de un empujón. Desde la oscuridad de la trastienda, entre los
sacos de patatas y el olor a aceite rancio, vi por la rendija de la puerta cómo mi padre se
secaba el sudor de la frente, tomaba la botella de anís con la mano temblorosa y salía a servir
la mesa, componiendo una sonrisa servil mientras agachaba la cabeza ante los tres hombres.
«He dado dos tiros a Lorca en el culo, por maricón». Aunque jamás volví a
pronunciar esa frase en voz alta tras la bofetada que me dio mi padre, las palabras se
quedaron grabadas a fuego en mi cabeza. Con doce años cumplidos, uno ya no es un crío
atolondrado; a esa edad en el bar de mi padre yo ya sabía leer las miradas de los clientes,
entender los silencios y distinguir cuándo el miedo cerraba las bocas. Y, sin embargo,
aquella atrocidad no dejaba de resonar por Granada. Se repetía en las tabernas cada vez que
el tipo que la dijo se pasaba de la cuenta con la bebida.
El rumor de que Juan Luis Trescastro iba predicando su hazaña por los mostradores
era constante, aunque para muchos no pasaba de ser una simple fanfarronada de borracho.
En la ciudad circulaban versiones de todo tipo sobre su auténtico valor. Aseguraban algunos
que la tarde de la detención, cuando fueron a buscar a Lorca a la casa de los Rosales en la
calle Angulo, Juan Luis ni siquiera se atrevió a cruzar la puerta. Había quien apuntaba a que
se quedó fuera, en la acera, haciendo guardia porque su primera mujer era pariente lejana
de los Rosales Camacho y no quería dar la cara ante la familia. Otros, en cambio, sostenían
con sorna que sí entró, pero solo para acomodarse en el salón y tomar café con las mujeres
mientras los demás registraban la casa.
Todo aquello me quemaba por dentro, más aún porque por entonces yo ya guardaba
el mayor de mis tesoros. El libro no había llegado a mis manos por casualidad. Me lo dio
don Julián, el maestro que venía casi todas las tardes al bar a tomarse un café solo en la
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