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Revista cultural año 2026 Núm. 42
mesa del rincón. Don Julián era un hombre mayor, de chaqueta raída y modales suaves, que
desde que yo era muy niño me había enseñado a leer, a escribir con letra clara y a
defenderme con las cuatro reglas básicas. Para él, la trastienda de nuestro local había sido
mi pequeña escuela.
Una tarde, poco antes de que las cosas se pusieran definitivas en la ciudad y a él lo
retiraran de la enseñanza, se sacó del bolsillo interior de la chaqueta un librillo de cubiertas
gastadas, con el cartón vencido y las esquinas dobladas por el uso: un ejemplar del
Romancero Gitano. Me lo deslizó por debajo del mostrador, oculto entre un paquete de
folios en blanco, apretándome el brazo con fuerza. «Guárdalo bien, muchacho, y léelo
cuando estés solo. Este hombre escribe con la luz de esta tierra, y vendrán tiempos en que
querer leerlo será un delito».
Lo guardaba escondido debajo de mi jergón, envuelto en un trapo de cocina. Por las
noches, a la luz de una vela medio gastada, leía aquellos versos de verde luna, de caballos
nocturnos y de ríos oscuros. Leer las palabras de aquel hombre desaparecido me producía
un escalofrío: sus versos estaban vivos, luminosos, mientras que la barbarie de los hombres
que lo mataron olía a cerrado, a aguardiente y a sangre cobarde.
En mi mente, la frase de Trescastro y las enseñanzas de mi maestro chocaban a todas
horas, produciéndome una repulsa profunda, un asco que se me agarraba a las tripas. Con
mis doce años recién estrenados, a medio camino entre la infancia que se acababa y el aire
enrarecido de la posguerra, me propuse una meta en silencio: iba a averiguar por mi cuenta
quién era de verdad aquel tipo.
Habrían de pasar lo menos seis o siete años hasta que el tiempo, que todo lo aplaza
pero no lo borra, me puso por fin delante de la respuesta.
A principios de los cuarenta, tras superar el Examen de Estado me abrió las puertas
de la Universidad de Granada, entré en la Facultad. Pasar de las sombras del bar de mi padre
a los claustros de piedra y al olor a tinta de las aulas fue como cambiar de planeta, aunque
la ciudad siguiera respirando con ese mismo encogimiento de hombros de la posguerra.
Fue allí, entre los pasillos de la facultad, donde el nombre de Juan Luis Trescastro
volvió a cruzarse en mi vida. Ocurrió a través de un compañero de clase, un muchacho de
familia acomodada que estudiaba Derecho sin demasiado entusiasmo. Hablábamos una
tarde en el patio cuando salió a relucir su futuro en la carrera. Con la suficiencia de quien se
sabe protegido, me contó sin pudor que estaba allí por recomendación directa de un buen
amigo de su padre: un abogadete e influyente personaje de la ciudad, un tal Juan Luis
Trescastro Medina.
Al oír aquel nombre, el corazón me dio un vuelco y el aroma denso del anís, la
bofetada de mi padre y los versos leídos a escondidas a la luz de la vela regresaron de golpe.
Aprovechando la charlatanería desmedida de mi compañero, tiré del hilo con
disimulo, fingiendo simple curiosidad. Fue así como encajé, por fin, las piezas del hombre
que se escondía tras la frase atroz: Trescastro no era ningún héroe militar ni un hombre de
mando, sino un terrateniente venido a menos, un tipo lleno de rencores locales, emparentado
por alianzas de tierras y sangre con viejas rencillas de la Vega de Granada. Un hombre que
había utilizado el caos de la represión para saldar cuentas cobardes y que, con los años,
buscaba desesperadamente ampararse en el nuevo régimen a base de favorcillos,
recomendaciones y fanfarronadas de taberna.
Jamás se me fue de la cabeza aquella frase. Me acompañó durante la universidad,
durante mis años de juventud y durante cada una de las etapas en las que fui haciéndome un
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