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Revista cultural año 2026 Núm. 42
conocido, durante tres años, y que esos animales lleguen vivos a su destino. La novela es su
iniciación.
Adalid dice de él: "Quería que Alvar fuera, ante todo, verdadero. Que no fuera un héroe
perfecto, sino un muchacho en proceso". Y lo es. Es bueno, inocente, con esa capacidad de
asombro que solo tiene la juventud. Pero también tiene miedos, dudas, contradicciones. No
juzga de entrada lo que ve, lo contempla. Y eso nos permite a los lectores entrar con él sin
prejuicios.
Mi hermano: ¿Cómo es ese viaje? Porque suena a odisea.
Yo: Es una odisea total, y Adalid la describe con una precisión casi cinematográfica. El
viaje empieza en Sevilla, se embarcan en galeras. Cruzan el Mediterráneo con escalas
legendarias: las ruinas de Troya, que para un castellano del XV debía ser como pisar la
mitología, y luego el esplendor crepuscular de Constantinopla, la Bizancio que se está
apagando pero que aún deslumbra.
A partir de ahí, todo se complica: tempestades feroces, intrigas constantes entre venecianos
y genoveses que se disputan las rutas, escalas misteriosas en islas remotas, caravanas,
montañas, estepas, desiertos... Territorios devastados por la guerra. Quince mil kilómetros
a pie, a caballo, en mula.
Y aquí se nota el trabajo de campo del autor. En una entrevista cuenta que en mayo de 2024,
invitado por la Cooperación Española a Kazajistán, se fue por su cuenta a Uzbekistán para
seguir, paso a paso, las huellas de Clavijo hasta Samarcanda. Dice que no fue solo una
experiencia geográfica, sino interior. "Caminar por aquellas tierras, contemplar la luz de
Samarcanda, sentir la distancia real..." Y esa luz, ese polvo, ese cansancio, está en cada
página. Hueles el camino.
Mi hermano: Me interesa mucho cómo escribe Adalid. ¿Sigue en su línea?
Yo: Más depurado que nunca. Su estilo es exquisito, envolvente, muy respetuoso con el
tono de la época sin caer en el pastiche. Lo que más me gusta es su equilibrio, que es muy
difícil: un rigor histórico impecable - se nota que ha manejado fuentes complejas, que ha
estudiado los uniformes de la corte en el Libro de la Cámara Real de Fernández de Oviedo,
que sabe de cetrería, de navegación, de liturgia - pero sin que la novela pierda fluidez.
Él mismo lo dice: "La mayor dificultad ha sido siempre ser fiel a la historia sin perder el
alma de la novela". Y lo consigue porque para él la historia no son fechas, son rostros. Dice
que su pastoral, el estar con gente real, con su dolor y su esperanza, es su escuela de
humanidad para construir personajes. No escribe desde teorías sobre el alma, sino desde
rostros concretos.
Mi hermano: Hay algo que me llama la atención en lo que me cuentas: la fe. Siendo
sacerdote, ¿es una novela religiosa?
Yo: No, y esa es su grandeza. Es una novela donde la fe es un ancla, no un discurso. En una
de las entrevistas le preguntan por eso y responde de forma preciosa: "La fe no aparece
como un discurso ni como una formulación abstracta, sino como un sostén vital... no tanto
en la ausencia del peligro, sino en la presencia de Dios en medio de la historia".
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