Noviembre 26 - Flipbook - Page 5
Revista cultural año 2026 Núm. 42
No tengo más estudios que mis lecturas, ni más título que la curiosidad testaruda de quien
se patea las calles de su pueblo sabiendo que cada esquina oculta tres capas de historia. A
veces me pierde el vicio de indagar en la memoria de Cabra, de revolver en papeles viejos
donde los siglos han dejado una pátina de polvo y silencio. Y entre tanto legajo de archivo,
entre tomos espesos del siglo XII que a simple vista solo parecen servir para abultar las
baldas de una biblioteca, tropecé con algo que la historia oficial suele pasar de largo con
demasiada prisa.
Todo el mundo en mi pueblo ha oído hablar del Cid y de la famosa batalla. Pero casi
siempre nos lo han contado mal, como una estampa de santoral o una reconquista de película
donde los cristianos ganaban la villa. La realidad, la que guardaban aquellos documentos,
era mucho más turbia, humana y fascinante. Cabra en 1079 era una plaza mora, y siguió
siéndolo casi dos siglos más, hasta que Fernando III la tomó en 1240. La fortaleza tenía
entonces su propio gobernador musulmán, aunque las fuentes no han conservado su nombre.
Era una Cabra musulmana, con sus habitantes, sus autoridades y su vida cotidiana, que de
pronto se convirtió en escenario de una disputa que se jugaba muy lejos de sus intereses. Lo
que ocurrió aquí no fue una conquista, sino una disputa de poder y tributos.
Allí, entre notas al margen escritas con tinta desvaída, aparecía desglosado el
verdadero tablero de ajedrez: Alfonso VI había enviado al Cid a Sevilla a cobrar las parias
(el tributo en oro) y a García Ordóñez a Granada para lo mismo. Pero Granada atacó a
Sevilla, y el conde García Ordóñez, en lugar de mantenerse al margen, se unió a los
granadinos. El Cid, para defender al rey de Sevilla que era quien pagaba a Castilla, tuvo que
plantar cara a sus propios paisanos a las puertas de nuestra villa.
Y justo cuando el legajo parecía terminar en la fría descripción de la victoria y la
afrenta a García Ordóñez, al dar la vuelta a la última foja, encontré una nota manuscrita en
un castellano arcaico. No era la voz de un cronista de corte ni la de un obispo; era la memoria
cosida de puño y letra por quien iba al lado del Campeador en la vanguardia, comiendo el
mismo polvo de la Campiña: Alvar Fáñez de Minaya.
La noche de Cabra
(Por la pluma o el recuerdo de Alvar Fáñez de Minaya)
«Muchos de los que hoy cantan versos en las plazas no estuvieron allí. Dicen que
íbamos a plantar cruces en los torreones o a liberar cristianos del yugo sarraceno. Mentiras
de juglar. A Cabra fuimos a por oro, a cumplir la palabra del rey Alfonso y a defender al
rey moro de Sevilla, que era quien pagaba tributo a Castilla.
Recuerdo la luz de aquella tarde en la Campiña. Mi señor Rodrigo había enviado
tres cartas a los nobles castellanos que venían con las tropas de Granada.