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Revista cultural año 2026 Núm. 42
baja altura, permitían localizar la presencia de posibles enemigos y disponer la defensa del
territorio. De este modo, la antigua Iberia, aquella que se dice que las ardillas recorrían de
norte a sur sin bajar de los árboles, se fue convirtiendo en un enorme territorio reseco en el
que cada vez llovía menos y las zonas desérticas crecían a pasos agigantados. Sabido es que
las nubes descargan con más facilidad en zonas húmedas, sobre montes poblados de árboles
frondosos, que sobre zonas desérticas. La humedad llama a la humedad y la provoca, a su
vez. Es el ciclo del agua y en definitiva el ciclo de la vida.
Algunos reyes castellanos fueron conscientes de la importancia del árbol y trataron
de frenar la continua desforestación del país. Se dice que Alfonso X el Sabio llegó a ordenar
que si se sorprendía a alguien incendiando un bosque se le arrojaba al fuego que él mismo
había provocado. Otros, desgraciadamente, no pensaban lo mismo.
Vega Murillo, en su Historia de Cabra, nos cuenta que el ejército de San Fernando,
al recuperar las plazas de Baena, Cabra y Lucena, hizo en esta zona "grandes talas y presas"
de gentes. Según este autor, trataban de "enflaquecer las fuerzas de los moros andaluces
para que fuese menos trabajosa su conquista, como se hizo por la experiencia". No vamos a
entrar en el rigor histórico de la pretendida toma de Cabra por el monarca, que se limitó, a
un trueque o cambio pactado. De modo que, hacia 1240, se puede señalar una gran tala de
los árboles de toda la comarca.
Alfonso XI en 1332 y Pedro I en 1351 dictaron normas conducentes a la defensa de
los bosques. No obstante monarcas posteriores ordenaron la tala sistemática de toda la vega
andaluza, desde el reino de Granada hasta el Peñón de Gibraltar, con el deseo de evitar
nuevas invasiones árabes. Vega Murillo nos relata que, en la primavera de 1486, tratando
de dar el golpe definitivo al rey granadino, los Reyes Católicos ordenaron talar toda la vega
granadina y quemar las mieses de todos los campos.
¿Cómo sería el paisaje egabrense? Tal vez no sería muy difícil de imaginar.
Las sierras que nos circundan estaban pobladas de monte alto y bajo, con presencia
de abundantes encinas, quejigos, madroños, fresnos, álamos negros y coscojas. Entre los
matorrales destacaban el espino, el lentisco, la cornicabra, el aguacejo, el endrino y la
gayomba.
La mayoría de estos lugares, con el nombre de dehesas, eran concejiles, es decir,
eran propiedad del municipio y se usaban para el pasto del ganado. Las más importantes, en
los siglos XVI y XVII, eran la del Chaparral, la de la Nava, la de la Sierra, la de la Cañada
del Serrano, la del Toril, la de la Merced y la de los Hoyones. A causa de los continuos
problemas económicos del municipio, muchas de estas dehesas eran arrendadas a labradores
por un cierto tiempo, lo que conducía a largos y costosos pleitos con los alcaldes
entregadores de la Mesta, institución que defendía los derechos de los ganaderos. Sin
embargo, muchos de estos arrendamientos obtenían el beneplácito real, a cambio de
determinados impuestos especiales. La casi totalidad de las dehesas egabrenses fue
enajenada en la primera mitad del siglo XIX, como resultado de la política desamortizadora
del Gobierno.
CONTINUARÁ…………
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