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Revista cultural año 2026 Núm. 41
Además, ya en el momento de su aparición se la relacionó con el Persiles y Sigismunda,
de Miguel de Cervantes10, de tal manera que se puede pensar que en la novela hay algo de
bizantino y caballeresco, puesto que la aventura en pos del amor resulta dominante en el relato;
las implicaciones y dilucidación de todos estos aspectos nos llevarían mucho tiempo y nos
obligarían quizá a confesar otra vez la imposibilidad de adscribir la obra a una sola tendencia.
Más interesante nos parece señalar que en Morsamor aparecen numerosos elementos
fantásticos que dan un tono nuevo y distinto a la narración, más cercano a la sensibilidad del
lector de nuestros días, al mismo tiempo que la alejan del realismo imperante en la mayor parte
del siglo XIX. Recordemos al respecto las primeras apreciaciones de Clarín, ya mencionadas;
entre ellas podemos señalar determinadas calificaciones como cuento fantástico, feerie, novela
maravillosa, etc. El mismo crítico apostilla en otro lugar con marcada ironía que "no es más que
un cuento, una obra de pura fantasía, de vaga y amena literatura, sin pretensiones metafísicas,
ni siquiera regeneradoras, y mucho menos hidráulicas"11.
Que la última obra de Juan Valera pueda admitir la calificación de novela fantástica o,
al menos, pueda considerarse una narración en la que existe un fuerte componente fantástico, es
decir, una trama en la que se toma como elemento importante una alteración de la normalidad,
de las leyes habituales de la naturaleza, es un hecho que no carece de antecedentes en la propia
diablo y te valdrá de mucho" (p. 111), en las diversas acciones de la obra y, sobre todo, en la misteriosa
desaparición final del mismo: "Contrariado éste, empezó a mirar con extraña zozobra al hermano Tiburcio, y
acabó por sospechar que tal no era el hermano Tiburcio criatura humana, sino espíritu familiar, revestido de
forma corpórea, o producto nefando de algún demonio íncubo o súcubo, que con permiso del cielo y para
castigo de sus culpas le ayudaba en sus hechicerías, que él hasta entonces había creído lícitas y naturales" (p.
314). "El Padre Ambrosio, que vivió largos años siendo raro ejemplo de longevidad, se confirmó en la
sospecha de que el hermano Tiburcio era un diablo o cosa parecida, porque no bien el Padre Ambrosio se
apartó del cultivo de la magia, dicho hermano Tiburcio se escabulló o se desvaneció, y nadie sabe hasta ahora
dónde fue a para, si es que los diablos alguna vez paran y se están quietos" (p. 315).
10
La relación la establece, como obras ambas de vejez y de carácter poco realista, el crítico Eduardo Gómez
de Baquero, Andrenio, "La última novela de D. Juan Valera. ¿Nuevo Persiles? El ocultismo en Morsamor y
en otros libros del Sr. Valera", La España Moderna, XI, septiembre, 1899, pp. 150-155. La apreciación de este
crítico es indudablemente positiva, desde el comienzo mismo de su comentario: