Octubre 2025 - Flipbook - Page 33
Revista cultural año 2026 Núm. 41
4Mira, Javier, eres mi hermano gemelo y no voy a hacerte daño. Pero te propongo
un trato que puede cambiar tu destino: te doy el dinero, pero debes desaparecer de la ciudad.
Vete lo más lejos posible; que no volvamos a vernos nunca. A partir de ahora, tú tomarás
mi identidad y yo la tuya. Mañana denunciaré que has desaparecido, que te esperaba tras el
campeonato y nunca regresaste.
Javier le mira, atónito, mientras David continúa:
4¿Y la casa? ¿Y las deudas de juego? A partir de ahora, yo seré tú y cargaré con
ellas. Tú solo tienes que marcharte. Aún estás a tiempo de ser otro hombre.
La noticia de la "desaparición" del campeón de bolos corrió como la pólvora por el
pueblo, pero el duelo duró poco frente a la cruda realidad de las deudas. A los tres días, el
cobrador llamó a la puerta. No era un hombre de palabras, sino de hechos; traía consigo un
documento que Javier (el verdadero) había firmado en una timba de mala muerte.
David, asumiendo su papel de hermano caído en desgracia, recibió al hombre con la
mirada baja y el aliento a aguardiente fingido.
4No tengo el dinero 4dijo David con voz ronca4. Mi hermano se fue... se llevó
el premio del campeonato y no me dejó ni una peseta. No pude sacárselo.
El cobrador recorrió la casa con desprecio, tocando los muebles de madera vieja de
los padres fallecidos. 4Entonces ya sabes lo que toca, Javier. No hay más prórrogas. O
pagas, o la casa pasa a ser propiedad de mi jefe.
4Quédatela 4sentenció David con una frialdad que heló al cobrador4. Cóbrate
con los muros, que es lo único que nos quedaba. A partir de hoy, yo ya no tengo techo.
Cuando David terminó de cerrar el trato con el cobrador y entregó las llaves de la
casa familiar, no salió de allí con ropa o muebles. Salió cargando un saco de arpillera donde
golpeaban, con un sonido metálico y triste, todos sus trofeos.
Eran su vida. El pin de plata, las copas de latón brillante y aquel último trofeo de
1943 que debería haber sido su gloria. Pero ahora, bajo la piel de su hermano, esos objetos
eran pruebas de un delito o, peor aún, recordatorios de un fantasma.
Se instaló en la choza del huerto de Manuel. Cuatro postes de madera, techumbre de
cañizo y el olor a tierra mojada. Allí, en un rincón oscuro, cavó un hoyo en el suelo de barro.
Uno a uno, depositó los trofeos. El metal frío contra la tierra húmeda.
David, el mejor jugador de bolos de la comarca, nunca más podría tocar una bola. Si
lo hacía y demostraba su destreza, todos sabrían que no era Javier. El "nuevo Javier" debía
ser torpe, descuidado y rudo.
Había entregado las paredes donde creció para saldar una deuda que no era suya.
Había pagado 25.000 pesetas para no volver a ver a su gemelo, comprando un exilio
que se sentía como una muerte.
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