Octubre 2025 - Flipbook - Page 34
Revista cultural año 2026 Núm. 41
Mientras los vecinos pasaban por el camino y señalaban con desprecio al "pobre
Javier", el hombre que dormía sobre un jergón de paja sonreía en la oscuridad. Había perdido
su nombre, su fama y su hogar, pero bajo las estrellas de aquel huerto, por primera vez,
David no tenía que ser el ejemplo de nadie.
Desde su posición como guardián del huerto, David veía a veces a los jóvenes del
pueblo practicar en la bolera cercana. Escuchaba el impacto seco de la madera contra los
bolos y sentía un calambre en el brazo derecho, el instinto de lanzar que aún vivía en sus
músculos. Pero se obligaba a quedarse sentado frente a su choza, liando un cigarrillo con
torpeza, fingiendo la desidia de su hermano.
Nadie sospechaba. El pueblo veía a un hombre acabado, un Javier que malvivía entre
hortalizas por haber arruinado a su ejemplar hermano. David aceptaba los escupitajos y los
insultos en silencio. Había ganado el campeonato más difícil: el de desaparecer estando
vivo.
En el cuartelillo, el aire olía a humedad y a tabaco de picadura. David, bajo la piel
de su hermano, sentía el frío de las baldosas en las rodillas.
4¿Dónde está, Javier? ¿Dónde has enterrado a tu hermano? 4le espetó el sargento,
mientras un cabo le propinaba un golpe seco en los riñones que le quitó el aire.
David apretó los dientes. Cada golpe que recibía era un clavo más en el ataúd de su
antigua vida. Si confesaba, si gritaba que él era el campeón, que él era el "bueno", el pacto
se rompería y su hermano sería perseguido como un criminal. El dolor físico era, de alguna
manera, una penitencia que aceptaba con una calma que desquiciaba a sus interrogadores.
4No sé nada 4susurró con el labio partido4. Se fue con el dinero. Me dejó con
las deudas y sin techo. Pregúntenle a los del juego... ellos saben que no tengo ni para tabaco.
Tras horas de interrogatorio y golpes ciegos, lo soltaron al amanecer. El sargento le
vio salir arrastrando los pies hacia el huerto de Manuel y comentó de lado: 4Fíjate, parece
que los palos le han quitado la chulería. O la pena por el hermano lo ha dejado seco, o de
verdad es que no sabe nada. Hasta parece que camina con más respeto que antes.
David regresó a su choza, cojeando entre los surcos de las berenjenas. Se lavó la
sangre con el agua helada de la acequia. Al mirarse en el reflejo turbio del agua, vio el rostro
de Javier: amoratado, sucio, despreciado.
Nadie en el pueblo fue a visitarle para consolarle por la paliza. Al contrario, los
vecinos se cruzaban de acera. Había logrado lo imposible: que el mundo entero odiara a
David pensando que era Javier, mientras él, en el silencio de su choza, custodiaba el secreto
más caro de la posguerra.
Aquella noche, David metió la mano en el hoyo donde descansaban sus trofeos
enterrados. Tocó el metal frío del pin de plata de 1943. Sus dedos, hinchados por los golpes
de la Guardia Civil, recorrieron el grabado de la fecha. Ya no era un deportista; era un mártir
de su propia mentira.
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