Octubre 2025 - Flipbook - Page 35
Revista cultural año 2026 Núm. 41
El destino de Julián, el eterno segundo en los campeonatos de bolos, se selló en las
tabernas. Julián era un buen hombre, de manos rudas y corazón noble, pero con la lengua
floja cuando el vino le recordaba sus derrotas frente a David. Sus bravuconadas de borracho
4"Algún día ese David morderá el polvo"4 fueron su sentencia cuando el campeón
desapareció.
La Guardia Civil, tras no sacar nada de "Javier" (David), volcó su frustración sobre
Julián. Las palizas en el cuartelillo fueron brutales, pero el verdadero tormento fue el vacío
del pueblo. Los vecinos dejaban de hablar cuando él entraba en la plaza; las madres
apartaban a sus hijos; las tiendas "olvidaban" despacharle el racionamiento.
David, desde su choza en el huerto de Manuel, lo veía todo. Una tarde, escondido
entre los frutales, vio a Julián y a su novia cargando dos maletas desvencijadas en un
carromato. Ella lloraba en silencio; él caminaba con los hombros hundidos, como si llevara
encima todo el peso de la parroquia. Se marchaban al destierro, huyendo de una culpa que
no les pertenecía.
David sintió el impulso de salir de entre las sombras, de gritar: "¡Eh, Julián! ¡No te
vayas! ¡Yo soy David! ¡Javier no me mató!". Pero las palabras se le atascaron en la garganta.
Si hablaba, su hermano Javier sería cazado como un prófugo. Si hablaba, él iría a la
cárcel por falsedad y por engañar a la autoridad. Si hablaba, el pacto de sangre de aquel
paraje de Valdecantos se rompería para siempre.
Vio alejarse el carromato por el camino real hasta que solo quedó una nube de polvo.
Julián se iba con el estigma de ser el "asesino del campeón", y David se quedaba con la
realidad de ser el "vividor que arruinó a su familia".
Esa noche, David no durmió. Fue al rincón de la choza, desenterró el trofeo de 1943
y lo apretó contra su pecho con tanta fuerza que el metal le hirió la piel. El precio de salvar
a su hermano gemelo ya no solo era su casa y su nombre; ahora también era la honra de un
inocente.
Manuel entró en la choza al amanecer, extrañado de no ver el humo del primer
cigarrillo de su guardián. Encontró a su amigo frío, con una expresión de paz que Javier, el
verdadero Javier, jamás habría tenido. Pero lo que cambió la historia no fue el cadáver, sino
lo que David sostenía entre sus manos yermas.
Al ir a cubrir el cuerpo con una manta, Manuel tropezó con una irregularidad en el
suelo de tierra, justo debajo de la litera. El barro estaba removido, como si los dedos
agonizantes de David hubieran intentado cavar una última vez.
Manuel, con el corazón en un puño, terminó de apartar la tierra. Sus ojos no podían
creer lo que veían:
Allí, envueltos en trapos podridos por la humedad, aparecieron las copas de latón, el
pin de plata y el gran trofeo del campeonato de bolos de 1943.
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