Octubre 2025 - Flipbook - Page 36
Revista cultural año 2026 Núm. 41
Junto a los trofeos, encontró una pequeña nota amarillenta, escrita con una caligrafía
firme y elegante, impropia de un jugador de taberna. Decía: "Perdona, Julián. Perdona,
madre.
Manuel se sentó en el suelo, frente al cuerpo sin vida de su amigo. Empezó a atar
cabos que durante quince años habían estado sueltos en su cabeza:
Recordó la nobleza con la que "Javier" aceptaba los insultos del pueblo sin devolver
una mala palabra. Recordó que aquel hombre nunca volvió a tocar una bola de bolos, ni
siquiera por diversión, como si le quemaran las manos. Recordó la mirada de sacrificio que
brillaba en sus ojos cada vez que se mencionaba el nombre de David.
4No eras tú... 4susurró Manuel, rompiendo a llorar4. Tú no eras Javier. Dios mío,
David, ¿qué has hecho?
Manuel se quedó allí sentado, con las manos manchadas de la tierra que custodiaba
los trofeos. Miró el cuerpo de aquel hombre al que todos llamaban Javier, pero al que él, en
su fuero interno, empezó a reconocer como el verdadero David.
Recordó perfectamente la tarde en que llegó al huerto, quince años atrás. Venía con
lo puesto, con el alma rota y los bolsillos vacíos. Había perdido la casa de sus padres, no
tenía ni una peseta y su hermano había "desaparecido". Manuel siempre pensó que aquel
golpe de realidad había transformado al "bala perdida" de Javier en un hombre nuevo, un
hombre de silencio y trabajo. "Qué lejos estaba la verdad", pensó Manuel con una amarga
sonrisa.
No podía hablar. Si contaba que aquel hombre era David, tendría que explicar que
Javier seguía vivo en algún lugar con una identidad robada y 25.000 pesetas manchadas de
traición. Tendría que admitir que David había permitido que un inocente, Julián, cargara
con la culpa de un asesinato que nunca existió.
4Si tú decidiste morir como Javier para salvarle, quién soy yo para devolverte tu
nombre ahora 4susurró Manuel.
Con una solemnidad que nadie más presenció, Manuel volvió a colocar los trofeos
de bolos en el hoyo bajo el jergón. Pero esta vez los cubrió con cal y piedras pesadas antes
de echar la tierra, para que nadie, nunca, pudiera encontrarlos por accidente.
Al día siguiente, el pueblo enterró al "pobre Javier". Hubo pocos asistentes. Algunos
vecinos comentaron en voz baja que, al menos, el hombre había trabajado honradamente
sus últimos años en el huerto, redimiendo un poco su pasado de jugador. Manuel escuchaba
y callaba.
Cuando el ataúd bajó a la fosa, Manuel tiró un puñado de tierra y se dio la vuelta. En
su bolsillo guardaba el pequeño pin de plata de 1943. Fue lo único que rescató. A veces, en
las tardes de verano, cuando Manuel se sentaba en el huerto y oía a lo lejos el sonido de los
bolos golpeando en la plaza, apretaba el pin en su mano.
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