Octubre 2025 - Flipbook - Page 59
Revista cultural año 2026 Núm. 41
En los baños era habitual cubrir el cuerpo con aceite y después retirar la mezcla de
aceite, sudor y suciedad utilizando un estrígilo. En las lámparas, una mecha sumergida en
aceite podía mantener una llama durante horas.
Así que el aceite no era solamente comida. Era también iluminación, higiene,
medicina y materia prima. Cuantos más usos tenía un producto, más importante era
mantener un suministro constante.
Y para conseguirlo hacía falta mucho más que olivos. Hacían falta trabajadores,
molinos, recipientes, carros, barcos, almacenes, puertos, comerciantes y funcionarios
capaces de controlar todo aquel movimiento. Ahí es donde el aceite empieza a convertirse
en algo más que un producto agrícola. Se convierte en una pieza de una economía.
Y la mejor prueba de hasta qué punto llegó ese comercio no está en un palacio. Está
en una montaña de basura.
Cerca del antiguo puerto fluvial de Roma se encuentra el monte Testaccio. A primera
vista parece una colina más, pero no lo es. Está formado por una enorme acumulación de
fragmentos de ánforas. Muchas de ellas habían servido para transportar aceite desde
Hispania, especialmente desde la Bética.
Durante generaciones, los recipientes vacíos fueron llegando hasta allí. Una vez
descargados, ya no tenían utilidad y se rompían y apilaban de manera organizada. Con el
tiempo, aquellos millones de fragmentos terminaron formando una colina de más de
cuarenta metros de altura.
Es difícil encontrar una imagen que explique mejor cómo funcionaba aquella
economía. Cada trozo de cerámica habla de algo diferente: de los alfareros que fabricaban
las ánforas; de los agricultores que cultivaban los olivos; de las personas que recogían las
aceitunas; de quienes trabajaban en los molinos; de los cargadores, los barqueros y los
comerciantes. También de los almacenes, los controles y los impuestos.
Todo eso tenía que funcionar de manera coordinada para que una mercancía
producida en el valle del Guadalquivir pudiera terminar en Roma. Y hay algo especialmente
interesante en esto. No estamos hablando de un cargamento excepcional enviado para
celebrar una victoria militar. Era un flujo comercial que se repetía una y otra vez.
Si queremos entender la importancia económica del aceite bético, quizá no haya que
mirar a los grandes monumentos de Roma. Basta con mirar una montaña construida con
envases que alguien consideró desechables.
Pero el comercio no era la única consecuencia de la expansión del olivo. También
estaba cambiando el paisaje.
Plantar un olivo supone pensar a largo plazo. Un cereal puede sembrarse y
cosecharse en un mismo año. Un olivo necesita mucho más tiempo para desarrollarse, pero
después puede producir durante décadas y, en determinadas condiciones, durante mucho
más. Eso cambia la forma de entender la tierra.
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