Octubre 2025 - Flipbook - Page 6
Revista cultural año 2026 Núm. 41
El hombre que había medido la Tierra y renovado la flota del Imperio yacía en una
cama sencilla. Sobre la mesa del despacho habían quedado una pluma, un compás de latón
y un fajo de papeles cubiertos de cálculos que casi nadie en aquel Madrid que despertaba
habría sido capaz de comprender.
Bernardo cruzó el umbral de la casa con el paso ligero de cada mañana, dispuesto a
reanudar el trabajo entre mapas y legajos.
Tenía treinta y dos años y conocía aquella casa, aquellos papeles y aquella rutina
casi tanto como conocía a su tío. Por eso fue precisamente el silencio lo que lo hizo
detenerse.
La mesa estaba despejada.
El compás de latón descansaba junto al tintero.
La silla permanecía vacía.
Bernardo sintió una alarma sorda en el pecho.
4¿Tío?
No hubo respuesta.
Cruzó el despacho y corrió hacia la alcoba.
La puerta estaba entreabierta. En la penumbra del dormitorio, el aire parecía inmóvil.
Se acercó a la cama con el aliento contenido y puso una mano sobre el embozo.
No necesitó más.
Jorge Juan estaba muerto.
El rostro conservaba todavía las huellas de las últimas fiebres. La piel mostraba una
palidez de cera y las facciones, tantas veces contraídas por el dolor de los cólicos, se habían
asentado por fin en una quietud definitiva. Los labios permanecían sellados. Las manos
descansaban inmóviles sobre la sábana.
Después de tantos años de luchar contra el dolor, la enfermedad y el cansancio, Jorge
Juan había encontrado por fin el reposo.
Bernardo permaneció inmóvil junto al lecho.
Tenía treinta y dos años. No era un niño que acabara de perder a un padre. Era un
hombre hecho y derecho. Y, sin embargo, comprendió en aquel instante que acababa de
quedarse huérfano de una manera que no sabía nombrar.
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