Octubre 2025 - Flipbook - Page 7
Revista cultural año 2026 Núm. 41
Jorge Juan había sido su tío.
También había sido su maestro, su referencia y el hombre cuya inteligencia había
aprendido a admirar desde la infancia.
Para Margarita, su madre, la noticia sería todavía más amarga.
Aún guardaba en la memoria el día en que había visto marchar a su hermano hacia
las Américas: un muchacho apenas salido de la juventud que se embarcaba hacia lo
desconocido. Ahora le tocaba llorar la pérdida de aquel hombre en el crepúsculo de sus días,
viendo cómo se apagaba una de las luces de la familia.
De pie junto al lecho, Bernardo no pudo evitar que acudiera a su memoria la voz de
su madre.
De niño, Margarita le había contado muchas veces las aventuras de su tío. Algunas
noches, cuando Bernardo era todavía demasiado joven para comprender el alcance de lo que
escuchaba, aquellas historias le parecían cuentos de prodigios y peligros.
Recordó especialmente las de Inglaterra.
4¿Puedes creerlo, hijo? 4le decía Margarita, entre el orgullo y el espanto4.
Mientras la Royal Society lo recibía entre sus miembros y el nombre de Jorge Juan
comenzaba a ser conocido por los sabios de Europa, él andaba por los astilleros del Támesis
disfrazado, bajo el nombre de Mr. Josues. Se metía donde no debía, observaba cómo
construían sus buques, estudiaba sus métodos y trataba de convencer a los mejores
constructores ingleses para que cruzaran el mar y trabajaran para España. Todo eso mientras
las autoridades vigilaban a los extranjeros.
Bernardo miró las manos inertes de su tío.
Aquellas mismas manos habían estrechado las de algunos de los hombres más
ilustres de Europa. Y aquellas mismas manos habían manejado en Inglaterra las notas y
observaciones que podían haberle costado mucho más que su reputación.
En Londres, Jorge Juan había arriesgado la cabeza por una causa de Estado,
moviéndose entre astilleros, ingenieros y hombres que no debían conocer sus verdaderas
intenciones.
Pero no había sido allí donde había aprendido a sobrevivir.
Su verdadero aprendizaje había comenzado mucho antes, al otro lado del océano.
En los Andes no había disfraces ni diplomáticos. Había montañas, frío, enfermedad
y un aire tan escaso que cada respiración se convertía en un esfuerzo. Durante casi nueve
años, junto a Antonio de Ulloa y los demás miembros de la expedición, Jorge Juan había
recorrido aquellos territorios midiendo ángulos y distancias, soportando tormentas, alturas
y privaciones para responder a una pregunta que parecía sencilla y que, sin embargo, podía
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