Octubre 2025 - Flipbook - Page 8
Revista cultural año 2026 Núm. 41
cambiar la manera en que el mundo entendía su propia forma.
Bernardo volvió a mirar el rostro sereno de su tío.
Ahora comprendía algo que de niño no había podido comprender.
Las fiebres que habían regresado una y otra vez durante décadas quizá habían
comenzado allí, en aquellas tierras lejanas donde Jorge Juan había aprendido cuánto podía
exigir un hombre a su propio cuerpo.
Le costaba imaginar que aquel hombre inmóvil hubiera sido el mismo que había
cruzado los mares siendo todavía joven, que había medido la Tierra en las alturas de los
Andes y que después había recorrido en secreto los astilleros ingleses para aprender los
secretos de sus navíos.
El compás seguía junto al tintero.
Fuera, Madrid despertaba.
Dentro, Jorge Juan había dejado de respirar.
Bernardo permaneció unos instantes junto al lecho. Luego miró una última vez
aquella mesa de trabajo que tantas veces había visto cubierta de papeles, instrumentos y
cálculos.
Jorge Juan había sido muchas cosas: marino, matemático, científico, ingeniero,
hombre de Estado.
Pero, por encima de todas ellas, había sido un superviviente.
Y ahora Bernardo tendría que aprender a vivir sin él.
Bernardo lo sabía bien porque su tío se lo había repetido muchas veces: le dolía en
lo más profundo el trato injusto que la mezquindad de la política había dispensado al
Marqués de la Ensenada y a su mano derecha, Ordreñana, postergados en el ostracismo tras
haberlo dado todo por el Reino. Pero, al mismo tiempo, Jorge Juan se sentía profundamente
orgulloso de los guardiamarinas que él mismo había elegido en la Academia para que le
acompañaran en la peligrosa misión de Londres: José Solano y Pedro de Mora. Sus carreras
militares marchaban ahora donde debían estar por su propia valía y por el alto grado de
lealtad y rigor científico que derrocharon en aquel trabajo tan arriesgado entre las brumas
del Támesis.
Seguramente Jorge Juan no se sentía tan solo ahora que había dejado este mundo.
Cierto es que en la parroquia de San Martín solo estaban Bernardo, su madre Margarita y
un reducido grupo de académicos de la Corte; pero el féretro que avanzaba lento por las
calles de Madrid no llevaba detrás la sombra del fracaso, sino el silencio de una generación
entera de héroes a la que la política, la envidia de los despachos y la inmensidad de la
distancia habían terminado por dispersar.
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