Octubre 2025 - Flipbook - Page 9
Revista cultural año 2026 Núm. 41
El cortejo avanzó bajo la luz dorada de junio hasta los muros sobrios del convento
de San Martín. Allí, entre el olor a cera fúnebre y el susurro de las oraciones en latín, el
cuerpo del matemático descendió a la fosa.
Bernardo apretó con fuerza el brazo de su madre. Margarita, con la mirada fija en la
losa de piedra que comenzaba a cubrir el féretro de su hermano, dejó escapar un suspiro
largo, cargado de memorias. Afuera, la villa de Madrid continuaba con su ajetreo ilustrado,
ajena al abismo de sabiduría que acababa de sepultarse bajo aquellas losas.
Para Bernardo, al ver cerrarse la tumba, no se enterraba solo a un hombre de ciencia;
se depositaba en la tierra el último gran secreto de un siglo. Y mientras las sombras del
templo envolvían la inscripción fresca, le pareció que su tío por fin descansaba.
Sin embargo, el destino tenía reservados otros planes.
Quince años después, en 1788, moría Margarita, orgullosa de la brillante carrera
militar de su hijo a la sombra del ejemplo de su hermano. Pero Bernardo no vivió lo
suficiente para ver cómo el siglo de las luces se apagaba bajo el fuego de las bombas.
Cuando él mismo entregó su alma en 1797, la iglesia de San Martín aún guardaba intacta la
losa de Jorge Juan.
Ni Margarita ni Bernardo estarían allí para ver el sacrilegio de las piquetas. Fue en
1809, en medio del caos de la ocupación francesa y bajo el mandato de José Bonaparte,
cuando la orden de derribar el templo de San Martín amenazó con sepultar la memoria del
sabio para siempre. Ya no quedaba en Madrid nadie de su sangre para velar por sus cenizas,
pero el hilo invisible de la lealtad entre marinos asumió el relevo.
El teniente de navío y cartógrafo Felipe Bauzá, fervoroso admirador de Jorge Juan,
se negó a presenciar semejante ruina. Arriesgándose entre los escombros cuando las paredes
comenzaban a ceder bajo el pico de los derribos, Bauzá y un reducido grupo de oficiales
penetraron a oscuras en el templo, localizaron la capilla y exhumaron el féretro en el más
estricto secreto.
Para ponerlo a salvo de los estragos de la guerra, trasladaron sus restos en sigilo
hasta la vecina iglesia del convento de San Plácido, donde quedaron custodiados en la
penumbra subterránea por las monjas benedictinas durante más de medio siglo.
Tuvo que pasar toda una época para que la patria saldara definitivamente su deuda.
El 2 de mayo de 1860, la Armada reclamó el cuerpo de su gran reformador. Los restos de
Jorge Juan fueron exhumados de las entrañas de Madrid y trasladados con la máxima
solemnidad militar hasta el sur, al Panteón de Marinos Ilustres en San Fernando, Cádiz.
Allí descansa por fin Jorge Juan.
El hombre que midió la Tierra.
El hombre cuya memoria sobrevivió a todos aquellos que intentaron enterrarla.
Como si la historia hubiera querido recordarnos que los hombres que nacieron para
romper fronteras no podían encontrar un descanso sencillo.
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