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Revista cultural año 2026 Núm. 40
En ese escenario de transición aparece Tomás de Torquemada, un fraile dominico
ajeno a la ambición política convencional. No comía carne, dormía sobre una tabla de
madera y no buscaba riqueza: buscaba pureza. La ironía histórica es que el arquitecto del
miedo compartía sangre con sus víctimas, pues era sobrino del cardenal Juan de
Torquemada, descendiente de cristianos nuevos.
Los hombres más peligrosos no son los que persiguen el poder por codicia, sino los
que están convencidos de ejecutar la voluntad de Dios. Para Torquemada, el sufrimiento
humano no era crueldad: era purificación. Esa devoción implacable lo llevó a convertirse
en confesor de Isabel la Católica, lo que le dio acceso directo a los miedos de la mujer más
poderosa de su tiempo, y supo exactamente cómo usarlos.
Convencido de que el reino estaba corroído por dentro, Torquemada empujó a los
reyes a pedir al Papa autorización para crear una nueva institución.
En 1478 nació la Inquisición española, distinta de las inquisiciones medievales en
un punto decisivo: respondía directamente a la Corona. La religión acababa de convertirse
en un departamento de Estado.
Sospechar de la vida cotidiana
El objetivo prioritario de la nueva Inquisición no fueron los herejes en sentido
amplio, sino los conversos: judíos que, décadas antes, habían aceptado el bautismo para no
perder la vida.
Muchos ascendieron socialmente y se convirtieron en médicos, banqueros o consejeros
reales, lo que despertó la envidia de las viejas familias de "sangre limpia". La pregunta que
se instaló fue tan simple como perversa: ¿eran realmente cristianos o seguían practicando el
judaísmo en secreto?
Como no se podía leer el corazón de nadie, la Inquisición decidió leer las
costumbres. No encender fuego en sábado, evitar la carne de cerdo, vestir ropa limpia el
viernes por la noche o lavar la sangre de la carne antes de cocinarla: cualquiera de estos
hábitos podía bastar para el arresto, la tortura y la muerte. La cocina doméstica se convirtió
en prueba de traición.
Lo que hizo tan eficaz a la Inquisición fue precisamente su falta de espontaneidad:
funcionaba como una burocracia metódica, no como un estallido de violencia. Y su
herramienta más letal ni siquiera era la hoguera. Eran los llamados edictos de gracia. Al
llegar a una ciudad, los inquisidores leían un decreto en la plaza pública que ofrecía treinta
días de clemencia: quien confesara voluntariamente sería perdonado. Parecía misericordia,
pero escondía una trampa, porque para que la confesión fuera válida había que denunciar a
otras personas.
Descentralizado
El vecino denunciaba al vecino por una disputa de tierras, el deudor denunciaba al
acreedor para librarse de la deuda, hermanos entregaban a hermanos por miedo a ser
entregados primero. La genialidad perversa de Torquemada consistió en externalizar la
vigilancia: toda la población acabó funcionando como brazo no oficial del Santo Oficio.
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