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Revista cultural año 2026 Núm. 40
Antonio Fernández Álvarez
RELATOS DE HISTORIA (Escribidor de sueños)
La Virgen de la Sierra:
entre la leyenda y la historia
El pastor, el cautivo y el misterio del Picacho
He aquí dos fascinantes relatos de cómo apareció la Virgen de la Sierra, narrados en
primera persona por sus protagonistas. La leyenda nos dice que un pastorcillo encontró la
imagen; las crónicas escritas nos cuentan que fue un cautivo cordobés. Cada uno de ustedes
quédese con la que más le haya llegado. Sea como fuere, el milagro de los siete siglos
escondida nos dejó a los egabrenses la imagen sagrada de la Virgen de la Sierra.
Primer relato: El pastorcillo
Me llamo Gaspar. Mis manos olían a tomillo, a lana de oveja y a la tierra seca del
mediodía. Ese día, el calor era insoportable en la sierra. Hasta las cigarras guardaban
silencio. Mis ovejas buscaban la sombra de los lentiscos. Yo, cansado de seguirlas entre la
maleza y las rocas del Picacho, decidí buscar un lugar donde protegerme del sol.
Entre las peñas más altas, casi oculta por las zarzas y los matorrales, vi la boca de
una cueva. La había visto mil veces desde abajo, pero nunca me había animado a subir. Ese
día, algo me impulsó. Tal vez fue la curiosidad o una brisa fresca que salía de la hendidura.
Me arrastré entre las piedras. Al principio, la oscuridad me dejó ciego. Olía a
humedad, a tiempo suspendido. Pero cuando mis ojos se acostumbraron a las sombras, noté
algo fuera de lo común. La gruta no daba miedo. Tampoco se sentía fría. Había una paz
distinta en el aire.
Y entonces la vi.
Sobre una repisa de roca brillaba una pequeña imagen de madera. Tenía el rostro
más dulce que yo había visto. Su mirada de madre parecía esperarme a mí, un simple pastor
con ropa gastada y manos ásperas. Sostenía al Niño con cuidado en sus brazos.
Se me cayó el cayado de las manos. El eco del golpe sonó fuerte en las paredes de
piedra. No podía moverme. No sentí miedo, solo una calidez profunda en el pecho. Salí de
la cueva corriendo. Tropecé con las malezas y me olvidé del rebaño. Bajé la pendiente
gritando hacia el pueblo:
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