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Revista cultural año 2026 Núm. 40
"No. Como un león", respondió Alcibíades.
Pero detrás de aquel joven arrogante había una mente extraordinaria. Sócrates se
convirtió en su maestro y amigo. Le enseñó a cuestionarse a sí mismo, a buscar la virtud y
a desconfiar de quienes simplemente lo adulaban. Alcibíades admiraba a Sócrates porque
era prácticamente la única persona que no se dejaba impresionar por él. Tal fue de icónica
esa amistad que hasta en combate Sócrates le salvó la vida. A los atenienses les resultaba
muy curiosa esa relación, ya que era raro ver a una persona bella, joven y bien vestida como
Alcibíades junto a una persona fea, más madura y vestida con túnicas mucho más
empobrecidas como era el caso de Sócrates.
Y aquí aparece la gran contradicción de su vida. Sócrates quería que Alcibíades
dominara sus pasiones. Alcibíades quería dominar Atenas. Tenía talento para la política,
una enorme capacidad de persuasión y una ambición gigantesca. Pero su vida demostraría
que tener talento no significa tener virtud.
Alcibíades convirtió su riqueza en espectáculo. Carreras de carros, banquetes, lujo,
amantes, borracheras; nada se le escapaba a una vida extravagante y llena de excesos. Llegó
a enviar siete carros a los Juegos Olímpicos y obtuvo varias de las primeras posiciones. En
las carreras, el que más prestigio obtenía era el criador y dueño de los caballos, y por eso
Alcibíades pagaba sumas desorbitadas de dracmas. Tenía una curiosa obsesión por llamar
la atención. Su perro tenía una cola magnífica. Se la cortó. Cuando todos los atenienses
comenzaron a hablar del perro, Alcibíades sonrió.
En 420 a. C., Alcibíades entró en la política y fue elegido estratego. Quería convertir
a Atenas en la potencia dominante de Grecia. Impulsó una alianza con Argos, Mantinea y
Élide contra Esparta. Pero en Mantinea (418 a. C.), los espartanos derrotaron a sus aliados.
En 415 a. C., Alcibíades convenció a Atenas de lanzar una gigantesca expedición
contra Sicilia, donde el pueblo ateniense se volvería rico. Era una apuesta enorme. Pero
justo cuando la flota había partido, estalló el escándalo de los Hermes mutilados.
Desconocidos dañaron los rostros y genitales de estas estatuas sagradas del dios. El brillante
y ambicioso general Alcibíades fue acusado por sus enemigos políticos de liderar el
sacrilegio, lo que desató un juicio trunco y su posterior exilio. Sumando el fracaso de la
expedición de Sicilia y temiendo por su vida, huyó. Y eligió el lugar más inesperado:
ESPARTA
Alcibíades pasó de ser general ateniense a asesor de los espartanos: un supuesto
traidor de su patria. Les recomendó enviar ayuda a Siracusa y fortificar Decelia, en territorio
ático. Sus consejos ayudaron a poner a Atenas contra las cuerdas. Pero incluso en Esparta
acabaría metiéndose en problemas. Según una tradición transmitida por Plutarco, Alcibíades
mantuvo una relación con Timea, esposa del rey espartano Agis II. La historia incluso
afirmaba que el hijo de Timea podía ser suyo. (La relación aparece en las fuentes antiguas,
pero su historicidad es discutida).
Una vez más, temiendo por su vida, Alcibíades volvió a cambiar de bando. Se acercó
al sátrapa persa Tisafernes y trató de utilizar la diplomacia persa para recuperar su posición.
Mientras tanto, consiguió volver a ganarse el favor de los atenienses. En 411-410 a. C.,
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