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Revista cultural año 2026 Núm. 40
4¡La he visto! ¡Está en la cima del Picacho! ¡Hay una Señora en la cueva!
Al principio, en Cabra, pocos creyeron a un muchacho exhausto. Pero cuando
subieron conmigo y vieron la imagen en el corazón de la roca, la duda se volvió asombro.
Supimos entonces que la cumbre de nuestra montaña nunca volvería a ser solo piedra y
viento.
Segundo relato: El cautivo cordobés
Mi nombre no importa. Durante años solo fui un número y unas cuantas cadenas.
Fui un prisionero cristiano en tierras de Córdoba. Soporté noches largas de cautiverio y la
presión constante de quienes buscaban quitarme la fe. Pero el alma no se encadena tan fácil.
Aproveché la confusión de una noche oscura. Logré escaparme y corrí hacia la sierra.
Anduve sin dirección, con los pies sangrando y el miedo detrás de mí. Solo buscaba
un sitio difícil donde quienes me seguían no pudieran atraparme. Así llegué a la cima de la
Sierra de Cabra, al Picacho, donde la montaña toca el cielo.
Buscando refugio del mal tiempo y de mis perseguidores, entré en una grieta estrecha
entre las rocas. Estaba cansado, sin fuerzas y con muy poca esperanza. Pero cuando encendí
una pequeña llama para ver en la oscuridad, el corazón me saltó.
Allí, guardada en el seno de la montaña, descansa una figura sagrada. Mi fe revivió
de inmediato. Comprendí que esa imagen había sido escondida allí siglos atrás. La propia
naturaleza la protegió del olvido durante los tiempos oscuros. Caí de rodillas frente a ella.
Ya no me sentía un prófugo ni un desdichado. En la soledad de la gruta encontré la verdadera
libertad.
Cuando supe que el rey Fernando III había llegado y tomado la villa de Cabra, bajé
de la sierra. No llevaba armas ni riquezas. Solo traía la noticia que iba a cambiar para
siempre esta tierra: en las entrañas del Picacho, la Madre de Dios nos esperaba.
Detrás de ambas historias está la misma pregunta: ¿cómo llegó esa talla de madera
a la cumbre de la montaña y cómo pudo quedarse allí, escondida y en silencio, durante casi
setecientos años?
En el año 714, Arcesindo, el décimo obispo que ocupó la sede episcopal egabrense,
escondió la imagen en una cueva de la sierra ante el avance de la invasión musulmana.
La tradición cuenta que el obispo, en medio de la noche y junto a un par de clérigos
de su confianza, envolvió la talla. Luego empezaron a subir hacia los lugares más escarpados
de la sierra. Allí hallaron una grieta profunda en la roca. Dejaron la imagen en el fondo de
la cueva, dijeron una última oración en la oscuridad y taparon la entrada con piedras y
maleza.
Pasaron los años y los siglos. Hubo guerras, cambiaron los reinos y las generaciones
que conocían el escondite murieron sin contar el secreto. Las plantas cubrieron por completo
cualquier señal de la entrada y el tiempo hizo lo demás. Hasta que la montaña decidió
regresar lo que tenía guardado.
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