Septiembre 2026 - Flipbook - Page 63
Revista cultural año 2026 Núm. 40
Ángel Pérez Campos
EVOCACIÓN NOSTÁLGICA
El viento y la memoria
Un repentino soplo de viento hinchó las velas de mi vigilia. El golpe seco de una
ventana contra su marco me arrancó de mi travesía onírica, devolviéndome de bruces al
sopor sofocante de la noche. Sentado ahora al borde de la cama, con la piel aún sudorosa,
cierro los ojos. Me embarga la desesperación del que busca a tientas una puerta que acaba
de cerrarse. El estruendo me arrastró a la realidad y mi mente se niega a soltar el recuerdo,
aunque es inútil: el umbral de mis sueños está ya sellado.
Aquel sueño era mi refugio. En él habitaban mi felicidad intacta, mis rarezas, las
tiernas vergüenzas del niño que fui y todas aquellas pequeñas cosas que el tiempo, sigiloso,
me robó. Añoro a los amigos de entonces, el tacto rugoso de mis viejas calcomanías y
aquellas inagotables ganas de vivir. Si afino el oído en el silencio de esta habitación, aún
puedo escuchar con nitidez las voces del barrio, el canto cautivo de la perdiz y el trino del
canario. Siento el roce áspero de la brocha esparciendo la cal por las paredes, y el crujido
seco al partir las almendras con una piedra.
Qué no daría yo por volver a mojar los jeringos que mi madre traía de la plaza
ensartados en un junco, y por ver de nuevo esa inmensa cara de felicidad que se le dibujaba
al observarnos disfrutar. Conservo intacto el frescor del culo del pepino pegado en mi frente
mientras ella aderezaba su gazpacho, el sabor inigualable de aquella rebanada de pan
sumergida en el tomate frito, o aquel pajarillo de huerta cogido con un pellizco de miga. Y
cómo olvidar aquel cubo repleto de trozos de hielo de la fábrica de la calle Baena, donde
metíamos a enfriar el melón, la sandía y las botellas de gaseosa La Pitusa...
De pronto, la memoria me arrastra a la calle; esa misma calle que fue mi mundo
entero. Era el escenario donde me erigía como corsario, gladiador o el comisario más temido
de un salvaje Oeste. Era el bueno, el malo o, simplemente, lo que me tocara ser aquella
tarde. Una vulgar caja de cartón mutaba en el más fastuoso de los palacios o en un castillo
inexpugnable, siempre defendido a muerte con nuestras espadas de madera. Me pregunto
dónde habrán quedado mi vieja camiseta de tirantes y aquel pantalón corto. Dónde quedaron
esas manos, esos codos y esas rodillas siempre impregnadas de una roña oscura, de esa tierra
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